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Urbeltz profundiza en la identificación entre danzas y ritos contra los insectos

Egilea
M.A.
Komunikabidea
Gara
Tokia
Donostia
Mota
Albistea
Data
2007/01/25

DONOSTIA Urbeltz es una de las personas que más ha indagado sobre las danzas vascas tradicionales, no sólo desde el punto de vista formal, sino también desde el punto de vista de su significado. Desde hace ya unos años defiende la tesis de que muchas danzas tienen su origen en ritos destinados a conjurar las plagas de insectos. Esa tesis no es aplicable sólo a danzas de Euskal Herria. Eso es lo que vendría a demostrar ahora “Danzas morris, origen y metáfora”, un libro que, según afirma el propio Urbeltz, «plantea una nueva situación para el estudio de las danzas de Europa».

Las danzas morris o moriscas, que, aunque de origen inglés ­o precisamente por ello­, hoy están difundidas en todo el mundo, tienen mucho que ver con algunas vascas, incluso desde un punto de vista estético, pues se bailan con cascabeles en las pantorrillas, bandas cruzadas en el pecho, palos, espadas y demás.

«Durante los últimos doscientos años ­explica Urbeltz­, eruditos, folcloristas y antropólogos británicos han debatido sobre el porqué de la existencia de danzas moriscas en Inglaterra. Algunos han sugerido que fue el duque de Lancaster quien las importó en el siglo XIV, tras un viaje a Castilla; otros, que son fruto de las cruzadas. En 1907, Cecil Sharp hizo notar que en el País Vasco había danzas semejantes. Al parecer, pensaba que el País Vasco era lo suficientemente meridional como para que esas danzas fueran consecuencia del contacto directo con el Islam».

Sin embargo, según Urbeltz, el debate «historicista» no tiene razón de ser, y es que, en su opinión, detrás de la denominación de danzas morris están los moros, pero unos moros que no tienen nada que ver con el Islam, sino muy anteriores, que se encuentran en todas las culturas europeas. «Esos moros pertenecen al mundo de los genios, los enanos, los gnomos y, en general, todos esos seres menudos que pueblan los cuentos de hadas. En la propia mitología vasca nos encontramos con los mairuak, que, evidentemente, no tienen nada que ver con el Islam».

Urbeltz hace notar que, en inglés, moor es moro, pero también que se denomina moorlands a los espacios no cultivados en los límites de las aldeas. «¿Quiénes habitaban en los moorlands? Los moors, claro, pero no los del Islam, sino esos seres diminutos». Seres a los que el folclorista identifica con los insectos. «Remontémonos al Neolítico ­sugiere­, cuando, fruto de la progresiva implantación de la agricultura y la ganadería, se produjeron las primeras acumulaciones de alimentos y, con ellas, de sus depredadores naturales, los insectos. Para aquellas gentes no debía ser un hecho cualquiera verse invadidas por ejércitos de insectos».

El caballo y la langosta

En su nuevo libro, Urbeltz se refiere específicamente a dos personajes que con frecuencia intervienen en las danzas morris, el loco y un caballito parecido al zaldiko-maldiko de Iruñea. El loco sería una metáfora del mosquito, «como los ezpatadantzaris»; el caballito, de la langosta, «al igual que el de la maskarada de Zuberoa». Explica esta identificación: «En el Antiguo Testamento, la langosta es representada como un caballo de guerra y, en prácticamente todas las lenguas de europa, la langosta se denomina caballito o caballeta». ¿También en euskara? «También. En Baztan, por ejemplo, la denominan larraputinga. Putinga es cuando el caballo piafa y mete el casco en el suelo, de modo que cabría traducir larraputinga como aquello que piafa y cocea en el pastizal». Siguiendo con las etimologías, Urbeltz pone en relación los términos mozorro (máscara) y zomorro (insecto). Su conclusión es que la sociedad, cuando se disfraza (por carnavales), se insectiza y, aunque hoy no lo sepa, eso responde a antiguos ritos para conjurar las plagas de insectos.

Esta tesis se contrapone a la hasta ahora comúnmente aceptada de que muchos de los ritos de Carnaval, como el zanpantzar, buscan «despertar» a la naturaleza o promover su fertilidad. «La Ilustración ­argumenta Urbeltz­ hace una interpretación de la cultura popular a su imagen y semejanza, y, a través de la idea de progreso, establece esa hipótesis sobre la fertilidad que ha estado vigente en los últimos cien años. Pero yo creo que los campesinos no han tenido nunca esa idea de fertilidad, sino más bien la de fatalidad. Esas manifestaciones carnavalescas que hoy vemos como fiestas son, paradójicamente, dramas que expresan ese sentimiento de fatalidad».

Urbeltz ha aplicado su tesis a las danzas morris y está en vías de hacer lo propio a otras danzas europeas, concretamente, a danzas rumanas.



Algo tan britanico como el te de las 5 o la reina
M.A.

DONOSTIA

«Las danzas morris son algo tan consustancial a la cultura británica como el té de las 5 o la reina», afirma con humor Juan Antonio Urbeltz, por lo que dice ser consciente de que su tesis plantea «un desafío» a los estudiosos ingleses. «Yo creo que en su investigación del floclore la visión historicista es la dominante; y lo dominante es lo evidente, de modo que, si ven un caballito de cartón, ese caballito es un caballo, nada más. Pero yo creo que en las manifestaciones folclóricas hay un fondo metafórico muy importante», afirma. Hace poco planteó brevemente su tesis sobre las danzas morris, que próximamente será traducida al inglés, en un foro de internet y recibió respuestas en tono irónico y descreído, como «amigo, ¿qué hierba has fumado?» o «este año hemos tenido una plaga de mosquitos en Central Park; ¿deberíamos utilizar los morris men como insecticida?». De los ambientes académicos ingleses no espera sino silencio, al menos a corto plazo, aunque es optimista de cara al futuro.

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