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Uno de cincuenta

Dia inernacional de la danza

Egilea
Ruth Perez de Anucita
Komunikabidea
Noticias de Gipuzkoa
Mota
Albistea
Data
2012/04/29
Lotura
Noticias de Gipuzkoa

Alejandro Polo bailarín Iker Rodríguez bailarín Mentxu Medel profesora de danza

"No sé... Me siento muy bien. Al principio estoy agarrotado, pero cuando empiezo a moverme lo olvido todo, y... es como si desapareciera, como si desapareciera y todo mi cuerpo cambiara. Como si tuviera fuego dentro y me veo volando, como un pájaro. Siento como electricidad. Sí, como electricidad". La célebre explicación de Billy Elliot, el hijo de mineros que escoge, contra todas las corrientes, el baile clásico, en la película de Stephen Daldry, coincide con lo que apuntan todas las voces de este reportaje: la inclinación y el talento para el baile es algo innato, instinto puro, sean o no las circunstancias propicias.

La profesora Mentxu Medel, una de las máximas responsables de la formidable cantera guipuzcoana en el mundo de la danza, precisa que "suelen ser los padres quienes se dan cuenta de que el chaval no deja de bailar en casa. Entonces le preguntan si quiere probar, y viene a una clase. No todos, pero normalmente los que vienen tienen algo: o buen salto, o capacidad para coger rápido las cosas... Ahora hay uno de nueve años que tiene ese espíritu de querer bailar... Eso se ve".

Esa fue la experiencia del pasaitarra Alejandro Polo y del donostiarra Iker Rodríguez, dos valores adolescentes. "Empecé hace muchos años -cuenta Alejandro desde la perspectiva de sus catorce- porque me gustaba bailar y en casa me veían bailar todo el tiempo, así que mis padres me preguntaron si quería venir aquí, di una clase y me gustó. Al año siguiente empecé a hacer clásico, y aquí sigo".

En los siete años que Iker lleva en la Academia Thalia, en clase nunca ha habido más de tres o cuatro chicos, contando con él. "El año pasado estuve solo, pero no me importa", asegura el joven bailarín. "La proporción es de un chico por cada 50 chicas. Dos es mucho", cuantifica Medel. "El chico que viene es porque le gusta de verdad", sostiene.

MENTALIDAD En las aulas, de vez en cuando, entre la veintena que sueña con ser Messi, emerge uno que prefiere la tarima de la danza al césped, la carretera poco transitada frente a la autopista, aunque cultivar la diferencia siempre conlleve complicaciones. Ni Alejandro ni Iker han tenido problemas. No obstante, la profesora de danza refiere conflictos que han sufrido recientemente jóvenes bailarines, porque son chicos que "se salen de lo normal, más sensibles, a los que no les gusta la violencia... Todavía no se acepta bien. La mentalidad sigue siendo las chicas al ballet y los chicos al fútbol". Existe, por supuesto, una colección de excepciones. "Entre los padres hay de todo. Una vez me trajeron a la niña, que iba a hacer karate, y el niño, al ballet. Y me pregunté: ¿Estará cambiando? Pero fue puntual, no he tenido más casos. Son cosas raras, de mentalidad. Y eso que aquí el tema de la danza y el dantzari está muy enraizado, pero el ballet clásico se ve amanerado, elitista... Yo suelo decir que vengan a clase para que vean el trabajo que hay que hacer para conseguir algo de técnica: ¡Es tela marinera!".

Aunque tanto bailarines como bailarinas tienen que dominar la técnica, se pone el acento en facetas distintas. "La chica se especializa más en el trabajo de puntas, elevación de piernas, adagios... El chico va más por el lado vigoroso, más fuerte, las cabriolas, los giros en el aire, la potencia, el brío...", precisa Medel. "Claro, si estás con 50 chicas y un chico estás un poco limitada... -razona-. Por eso, cuando ves que un alumno va bien lo tienes que enviar fuera, porque tiene que aprender más cosas que tú no le puedes ofrecer. Hay que darle una buena base, dirigirlo bien y dejar en buenas manos a ese pequeño rubí", subraya.

La edad decisiva para marcharse a estudiar fuera se sitúa entre los 15 y los 16 años. "A veces los ves con mucho nivel y condiciones y por ti los mandarías antes, pero la cabeza no la tienen, y cuando se van con 16 años es un palo: cambiar de entorno y de lengua, porque están estudiando en euskera y de repente todo está en castellano. Es bueno porque les hace enfrentarse a la vida, pero eso a veces les marca, porque no están hechos. Depende mucho de en qué entorno caigan y hay que andar con ojo", recomienda, maternal.

"Son muchos frentes y hay que estar equilibrado en todo, porque si no, no se llega a buen término. Por eso yo me lo pienso bastante antes de decirle a alguien que vaya a estudiar fuera. Si es chico me animo más, porque los chicos tienen más posibilidades de salir adelante. Porque hay menos, y chicas hay muchísimas. Chicos hay muchos también, pero hay más posibilidades: se necesitan bailarines, partenaires, para los pasos a dos... Y la proporción de chicos es muy limitada", indica.

En su academia se han forjado Ur tzi Aranburu, Iker Murillo, Jon Vallejo o Jon Agirretxe. Recién salido del horno, el zarauztarra Hodei Iriarte estudia quinto curso -son cuatro años de grado elemental, seis de medio y tres de superior-, y ya ha sido contratado para una pequeñatournée veraniega en Inglaterra.

Cosecha de este mismo año, el tolosarra Borja Bordonabe y el errenteriarra Aitor Arrieta también se preparan en Madrid. Arrieta, que "tiene muchas facultades", provenía del mundo de la danza vasca, pero al final se decantó por el ballet. Entre las chicas de las últimas hornadas, Amaia Leiza e Iciar Letona, de solo quince años, también prueban suerte. "Han apostado por su camino y lo están recorriendo, que no es poco, no se adonde llegarán, pero están en ello", valora Medel, que continúa haciendo "seguimiento" a distancia de sus jóvenes valores.

Alejandro e Iker también se plantean marcharse fuera. "Conocemos a gente que estudia en Madrid, que pasó por la academia y llevan allí dos o tres años y otro bailarín que se ha ido este año, y sabemos que es un ritmo agotador: por la mañana hay clase de clásico y por la tarde las clases normales. "Da un poco de cosa irte, por los aitas", admite Iker, pero ambos enfatizan que se sienten respaldados "en todo". "Nos apoyan si queremos irnos, y si queremos quedarnos, también", agradecen.

La Diputación de Gipuzkoa ha preservado su oferta de becas, no así el Gobierno Vasco, por lo que la ayuda se limita a dos años y como "la carrera es bastante larga, cuesta más que antes tener un hijo fuera estudiando", advierte Medel.

Mientras no exista una escuela superior de danza en Euskadi, este dilema personal, familiar y laboral continuará. "A los vascos siempre les ha gustado bailar, ha habido generaciones muy buenas y sigue habiendo. Con tanto auge de bailarines, tendría que haber una buena escuela", reclama la docente. "Los políticos suelen quererlo rápido y que suene, y eso con el ballet no puede ser", cuestiona. "En vez de una escuela, se da una subvención a un espectáculo, que está muy bien, pero aquí lo que yo veo son alumnos, el material de los que empiezan, que hay que empujar y apoyar", sugiere.

El joven alumno de danza Alejandro Polo, ayer, en Trintxerpe.

El joven alumno de danza Alejandro Polo, ayer, en Trintxerpe. (Foto: ainara garcia)

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