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Un 'Nureyev' en Artaleku

Adrián Crowley, jugador de balonmano del filial del Bidasoa Irún e internacional juvenil, compagina su carrera deportiva con el desarrollo de una actividad mayoritariamente practicada por mujeres, el ballet

Egilea
Oier Fano
Komunikabidea
Diario Vasco
Mota
Albistea
Data
2005/07/19

Nada fuera de lo normal en un deportista de su categoría. Sin embargo, este jugador no responde al retrato genérico de una promesa del deporte, ya que compagina la práctica del balonmano con el ballet, actividad en la que también destaca.



Adrián Crowley, un joven donostiarra de ascendencia irlandesa y argentina, no dudó en pedirle a su madre que le apuntara a clases de ballet tras quedarse fascinado por los movimientos del bailarín ruso Mijail Baryshnikov, a quien vio por televisión con ocho años de edad. «Al principio mi madre se lo tomó a broma, pero insistí y finalmente me llevó al conservatorio, donde me hicieron las pruebas. Las superé y nueve años después sigo aprendiendo». Asegura que nunca ha sufrido burlas por tener un hobbie generalmente practicado por mujeres, y que salvo alguna que otra broma, su inusual afición despierta curiosidad entre quienes no le conocen.



A los diez años, este donostiarra empezó a jugar a varios deportes en el colegio -fútbol y balonmano, entre otros que practicaba esporádicamente-, y aunque Adrián prefería dedicarse en exclusiva al deporte rey, fue animado a decantarse por el balonmano. Era superior al resto de compañeros y rivales y los técnicos consiguieron convencerle.



Poco después, con 13 años, fichó por el Bidasoa, y desde entonces su carrera en el club de Artaleku ha sido meteórica. Ya ha jugado partidos amistosos con el primer equipo y además ha sido convocado en varias ocasiones por la Selección de Euskadi y de España de su categoría.



Polivalente por el ballet



Se define como un jugador polivalente, y lo achaca a la práctica del ballet. «Soy un jugador fuerte en relación con mi edad», asegura Crowley. «Sin embargo, tengo una gran agilidad y una técnica de salto en suspensión desarrollada, algo muy valorado por los técnicos de balonmano. Estas virtudes se las tengo que agradecer al ballet. Al ser ágil, fuerte y gozar de buenas piernas para el salto, puedo jugar en varias posiciones», añade. De hecho, en el Bidasoa Irún juega de lateral izquierdo o de central, y en la selección española, donde según el joven «hay gente muy fuerte y alta», juega de extremo o lateral.



Sin embargo, no aprovecha sus virtudes como bailarín para realizar lanzamientos estrafalarios sobre el parqué de los pabellones. Crowley afirma que esto no sería propio de este deporte. «El tunecino Wissem Hman tiene un lanzamiento en los uno contra uno muy curioso, propio de un bailarín de ballet. Salta antes de lanzar el balón y gira sobre sí mismo. Yo podría dar dos o más vueltas, pero sería una chulería. El balonmano es un deporte noble y si haces una filigrana meramente estética el entrenador te puede sacar del campo, los compañeros abroncarte y el rival puede dejarte un recadito».



El ballet le ha dado salto, agilidad, coordinación y prevención de lesiones, ya que asegura que sabe caer sin riesgo de lesionarse tras un choque contra un rival. «A partir de ahí, el ballet hay que dejarlo fuera del pabellón», afirma con rotundidad.



Sabe llevar con normalidad la práctica de estas dos modalidades y tiene tiempo para salir con sus amigos y estudiar. «El balonmano me ocupa prácticamente todos los días de la semana, contando con los entrenamientos convencionales y gimnasio. Por otra parte, bailo de tres a cuatro días. Una jornada habitual en mi vida es despertarme a las siete y media, ir al instituto, volver a casa, comer, entrenar con el Bidasoa a las seis de la tarde, terminar a las ocho y desde las ocho y media hasta las diez de la noche mejorar mis pasos de ballet. Después, directo a la cama». Pero este ajetreo no influye en sus estudios. «Saco buenas notas, no soy un figura, pero he tenido un siete de media en primero de bachiller. Es importante seguir estudiando aunque tampoco es que me esfuerce demasiado».



«De todas formas, todavía no sé qué quiero estudiar ni a qué me quiero dedicar, aunque si se me ofreciera la posibilidad de ser jugador profesional y bailarín de ballet me decantaría por la primera opción, porque bailando se ganan la vida cuatro, mientras que en balonmano hay más profesionales», añade.



Admira a Balic



Por el momento no tiene ningún ídolo a quien tratar de parecerse en ninguna de las dos modalidades; «prefiero ser yo mismo», asegura, aunque siente admiración por el central del Portland San Antonio Ivano Balic, «uno de los mejores jugadores del mundo. Es un poco vago pero da la cara cada vez que debe hacerlo». «Me gustaba también Xavi O´Callaghan, jugador retirado del Barcelona y de la selección. Admiraba su capacidad de adaptarse a jugar en varias posiciones, no solía destacar pero cumplía con creces».



En ballet, el campo de elección queda limitado. Admira a Rudolf Nureyev y a Baryshnikov, aunque de los bailarines que ha visto en directo -su profesora organiza excursiones cada vez que un bailarín de calidad se acerca a Gipuzkoa- se queda con el argentino Julio Bocca».



Quizá le veamos dentro de poco defendiendo los colores del Bidasoa en la División de Honor, y quién sabe si en unos años dará recitales en auditorios de prestigio. Lo que está claro es que por el momento, este joven donostiarra sacará los colores a más de uno que asegura tener una agenda muy apretada.



ADRIÁN CROWLEY

Datos personales: A sus 17 años mide 1,87 metros y pesa 77 kilos. Es donostiarra de nacimiento aunque reside en Irún. Tiene nacionalidad española y argentina (el bisabuelo de su padre era irlandés y su padre vivió en Argentina). Es bailarín de ballet y jugador de balonmano en el filial del Bidasoa Irún.



Equipos: Fichó por el Bidasoa a los trece años tras jugar en el equipo del colegio, y ha sido varias veces convocado por la selección de Euskadi y de España desde infantiles.



Posición: En el Bidasoa juega de lateral izquierdo o de central. En la selección española suele jugar de extremo o lateral izquierdo. Achaca su polivalencia a las virtudes que le ha aportado la práctica del ballet.

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