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Tablero de damas "mintzo"

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Teobaldos
Komunikabidea
Noticias de Gipuzkoa
Mota
Kritika
Data
2010/06/07

Coinciden, en este espectáculo de danza, tres coreógrafas con visiones coreúticas muy personales y diferenciadas, pero que coinciden en la innegable modernidad de sus respectivos lenguajes. Lenguajes alojados en un cuerpo de baile joven, entregado, disciplinado, al que, en muchos tramos, no se le da todo hecho, al que se le pide interiorización más o menos dramática, unas veces, y una continua reinvención de movimientos externos, muy abiertos, y aparentemente iguales, a los que hay que dotar de tensión para no caer en el tedio. Fue una tarde expectante. Que consolidó como extraordinarias algunas coreografías ya conocidas -Torque-; nos descubrió una exquisita variación sobre el tres y sus múltiplos en Dis-connected; nos hizo sonreír en la desenfadada Smoke Ring; y nos dejó con cierto desasosiego en Gorputitz.

Sophie Antoine distribuye, en su propuesta, a los bailarines en bellas composiciones trinitarias que ordenan el escenario, lo calientan, y conecta con el público, partiendo de situaciones cotidianas -no exentas de humor en algún momento-, para admirarle con pasos arriesgados, repentinamente espectaculares, con elevaciones ajustadas, bien asimiladas, sin sobresaltos técnicos en el fraseo, y eficaces para un resultado soberbio por parte del cuerpo de baile, que, se luce al evolucionar por encima de las exigencias de la música que impregna la coreografía. La música de Tiersen-Amar, es eficaz, pero al moverse en ese campo arenoso de lo "mïnimal", exige al bailarín un extra de fuerza expresiva corporal. Y la hubo. Rotunda.

Con Arvo Pärt ocurre lo contrario. Su obra para violín y piano es austera en melodía y brillo, pero irrumpe sobre los bailarines como cambios de timón, dejándoles, además momentos de desnudez sonora absoluta. La coreografía Torque de Hilde Koch es extraordinaria en esa relación música-danza. Cuanto más la veo, más me gusta. Deja que el cuerpo se presente en un silencio visual, y cuando está a tono, la música marca la pauta, cuadrando a los bailarines en simetrías nada agobiantes, donde lo oblicuo -con la luz incluida- juega un hermosísimo papel. La misma coreógrafa se divierte y nos divierte con un paso a cuatro bien bailado, colorista, un poco burlesco de tradiciones, donde la estética de las faldas escocesas adorna un baile que quiere ser exageradamente viril -con pelea incluida-, pero que cede al puro y simple divertimento.

La propuesta -Gorputitz- de la coreógrafa Jone San Martín fue, sin duda, la más complicada de la tarde, tanto para los bailarines como para el público. El cuerpo que quiere salir de la parálisis, el cuerpo maltratado, el cuerpo de brazos y piernas que quieren ir más allá de sus posibilidades, el cuerpo atenazado, el cuerpo que corre sin avanzar, como en los malos sueños, el cuerpo que cae una y otra vez al suelo. Casi no importa la música que suene, o quizá, sí, pero sólo como contraste. La belleza de la música, planea sobre una desolación corporal vestida no con ropa desenfadada, sino más bien pòvera, incidiendo en la dificultad de sacar a la luz el movimiento: primero intrínsecamente, individual, luego poco amorosamente relacionado con el otro.

La coreografía exige al bailarín que consiga un clímax a partir de movimientos muy parecidos. Y al público una cierta paciencia en la ordenación de ese caos; ordenación que no llega. No hay aquí un esplendoroso allegro mozartiano que reviente todas esas ataduras propuestas. Hay solos -en el centro del escenario con el resto acurrucado en las esquinas- que inciden en los brazos descoyuntados, en la frontera de la improvisación, siempre con deseos no colmados. La compañía, muy implicada, lo dio todo hasta empaparse de sudor. Pero el espectáculo -Mintzo- iba de la comunicación y de la incomunicación. Y de eso se trataba, de constatar que unas veces se logra y otras no.

Ensayo de un fragmento de la obra

Ensayo de un fragmento de la obra "Gorputitz", en la sala club del Victoria Eugenia. (Foto: ainara garcia)

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