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'Sí, quiero' a la antigua usanza

Cada vez hay más guipuzcoanos que optan por casarse vestidos con trajes tradicionales o que acuden como invitados ataviados de 'baserritarras'

Egilea
Ane Urdangarin
Komunikabidea
Diario Vasco
Tokia
San Sebastián
Mota
Albistea
Data
2006/04/17
Ramón García vestirá a unas cuantas parejas de novios en los próximos meses. Son de Lezo, Donostia, Segura, Hernani... Él es sastre y responsable de Iraultza Dantza Taldea, de Errenteria. Este grupo se ha destacado por un profuso trabajo de investigación y atesora miles de fotografías antiguas, una colección de trajes originales desde 1850 que guarda como oro en paño en su particular museo y copias exactas de otras vestimentas.

De entrada, García aclara que no le gusta nada hablar del traje tradicional vasco. «Eso de poner etiquetas... Hay quien alude al traje típico guipuzcoano, pero yo me pregunto a qué pueblo y época se está refiriendo. No hay solo uno, sino miles». Así que se decanta más por los adjetivos antiguo o autóctono. Matiza que en este ámbito aprecia bastante «libertinaje» y se confiesa de la corriente más intransigente. Suele hacer copias fieles de vestimentas originales a medida y no permite variación alguna. También apostilla que, en esto del vestir, las cosas tampoco han cambiado tanto. «Si vas a pintar tu casa no te pones el mejor traje del armario. Los baserritarras, lo mismo. Se ponían la ropa más corriente para trabajar pero para la romería o para sacarse la foto de familia se vestían de gala. No tenían 800 trajes como ahora, pero por lo menos sí tenían dos: el bueno y el malo».

El de novia

Y uno de los mejores se estrenaba el día de la boda. ¿Cómo vestían las novias? El concepto era totalmente distinto. Antiguamente, según explica el sastre, solían encargar un traje bueno que luego lo seguían utilizando. Nada que ver con los vestidos de novia actuales, que tras varias horas de uso van a la tintorería y desde allí directamente al armario per secula seculorum, a menos de tener una hija casadera fan del vintage o... unos carnavales a la vista.

García conserva el vestido original que usó una señora de Goizueta para casarse a principios del siglo XX. Se trata de una falda larga, «que arrastra un poco por detrás», como la moda de época. No tiene delantal, «aunque también los había de paseo y no sólo de trabajo». Se completa con una especie de chaqueta -no como las americanas de ahora-, muy entallada y con mangas jamón, «que tiene frunces arriba. El puño queda prieto y del codo al hombro va cogiendo forma y le da vuelo». Y todo, en negro. Total black, como dirían las editoriales de las revistas de moda. Por supuesto, se llevaba el pañuelo en la cabeza, que tenía un significado social. «Las solteras solían ir con la cabeza descubierta o se colocaban un pañuelo estampado». Una vez que se desposaban, se volvía de color blanco.

Pero hay muchas mujeres que no quieren casarse de negro. En ese caso, les ofrece la opción del traje de baserritarra de labor, el corriente, el que usaban para trabajar. «Y ahí la variedad sí que es infinita. Solían usar estampados bestiales, colores, rayas, cuadros, dibujos de cachemir, flores... Son más alegres». Nada que ver con el vestido de puntitos blancos que se había estandarizado y que precisamente no era el más común entre las baserritarras. En el caso del traje de faena, la falda no se arrastra y el delantal es imprescindible. Por cierto, tiene que ser hermoso, enorme, «no de conejita de Playboy», bromea. Y por encima, la chambra, una especie de chaqueta y camisa, «que las había también entalladas y trabajadas con lorzas». La pañoleta sobre los hombros es, a su juicio, opcional. «Es más un toque de coquetería femenina. Ahora también, aunque no haga frío, hay mujeres que se ponen pañuelos al cuello para darle color a lo que llevan puesto...».

En cuanto al calzado, no hay duda. Nada de abarcas, ni para él ni para ella. Ramón García cita a Aita Larramendi: «Escribió que un buen vasco nunca se presentará en público mal calzado». De hecho, recuerda que hasta hace no mucho bajaban al pueblo en abarcas y luego, tras esconderlas detrás de un árbol, una piedra o en casa de un amigo, las cambiaban por alpargatas. Y siempre, logrando el contraste con el color de las medias. «Si la alpargarta es blanca, la media tiene que ser negra».

¿Y el novio?

La vestimenta de los chicos presenta una peculiaridad: «Que vestían de traje. Pantalón, chaleco y chaqueta negra y camisa blanca». Con lo cual, no parece que vayan de baserritarras, «y lo que quieren los novios es algo que puedan usar en las romerías, fiestas que tenemos». Por ello se suelen decantar por el traje de baserritarra de labor. Es decir, un pantalón a rayas, camisa blanca de hilo, gerriko y un chaleco nada «gris» con profusión de colores y estampados y que podían estar confeccionados en terciopelo o sedas naturales. Por encima, el blusón: «podía ser el corriente del baserritarra, que solía ser negro y muy sencillo, o el que llamaban el del tratante, que solía ser más dotore». Y cómo no, la txapela. Negra y diminuta. «Tiene que quedar como metida con calzador».

García, que ha recorrido archivos, filmotecas, fototecas y cientos de pueblos en busca de vestimentas originales y documentos antiguos, reconoce que el principal problema al que se enfrenta a la hora de elaborar estos trajes es encontrar los tejidos adecuados, «porque antes todo era natural, algo muy difícil de encontrar hoy en día». El sastre, que tiene su taller en Beraun, nunca compra al por mayor. «Como mucho, si una tela me parece impresionante, igual visto a dos novias. Pero lo normal es que compre para cada vestido». Así y todo, asegura que estos trajes son «mucho más baratos» que los vestidos de novia convencionales.

«No es un disfraz, hay que vestirlo con decoro»

Todos coinciden. Les duele ver cómo los jóvenes visten los trajes autóctonos en fiestas como Santo Tomás o Euskal Jaiak. «No son un disfraz. Lo que hacemos cuando vestimos es rememorar y recordar a nuestros antepasados, y eso hay que hacerlo con decoro y respeto», dice Mariasun, de Saski-Naski, quien anima a que la gente se informe y se preocupe de cómo vestirse. «Hay que saber lo que se lleva, el pañuelo, las alpargatas...». Y nada de botas Martins y minifaldas. Ramón García se pregunta por qué, en los días calurosos de fiestas, la gente se viste de baserritarra «para luego desvestirse en la plaza. Ves a las chicas con la chambra recogida a la cintura, con una camiseta de tiras... No lo entiendo. Si va a hacer un día de muchísimo calor y tengo que ir con camisa, chaleco, gerriko, blusón y demás me lo pienso y antes de quitarme nada, salgo con una camiseta y un pantalón vaquero, que es mucho más digno. De baserritarra hay que vestirse con todas las consecuencias». El sastre y responsable de Iraultza Dantza Taldea considera que lo que es de «denuncia pública y de detener» es que los hombres se vistan de mujeres y viceversa. «Estos trajes no son disfraces», dicen todos. Y vestirlos de esta forma es «una falta de respeto a la cultura y a nuestros antepasados».

«Si en Sevilla se hacen un traje cada año, ¿por qué aquí no?»
La variedad de colores y estampados permite hacer muchas combinaciones

Fue hace seis años. La pareja entró discretamente en su tienda, entonces ubicada en la calle Fermín Calbetón de la Parte Vieja donostiarra, y se interesó por los trajes tradicionales. Poco después, se casaban. «Ella iba muy finita, vestida sobre tonos beige. Llevaba un zapato abotinado. Él iba especialmente elegante, con pantalón, camisa de hilo blanca, lekeitiarra, zapato de piel y txapela». Pilar y Mariasun, de la tienda Saski-Naski, recuerdan así a los primeros novios que vistieron. Desde entonces no han atendido a tantos contrayentes, «que se hacen cosas más especiales», pero sí a infinidad de invitados.

De hecho, en ocasiones tienen que preguntar a sus clientes a qué boda van, «por eso de que no se repitan los modelos». Algo que no es tan sencillo dada la cantidad de modelos entre los que se puede elegir. En esta tienda, ubicada en el Boulevard, venden la ropa ya confeccionada incluso para recién nacidos. Sus responsables se encargan de escoger las telas. «Hay mucha variedad, colores, rayas, cuadros, estampados... Se pueden hacer muchas combinaciones», comenta Mariasun, quien explica que fue a partir de la década de los 70 cuando se comenzó a recuperar, gracias sobre todo a los grupos de danza, todo esta riqueza cultural y floclórica.

A grandes rasgos, sus invitadas visten faldas hasta los tobillos, delantal a 2-3 centímetros de la falda, blusa que suele acabar en tirilla y puntilla y un corpiño que se ata por delante. Por encima, un pañuelo hermoso, «que se cruza a la altura del pecho. Nada de esos pañuelitos que se anudan al cuello», explican. Y, por supuesto, «el de la cabeza». Los trajes se pueden completar con azpikogonas que aportan volumen y «que solían ser de hilo en verano y de felpa o piqué en invierno».

En Saski-Naski aprecian que cada vez a más gente le gusta tener más de un traje tradicional. «La gente dice que si en Sevilla se hacen uno al año, por qué aquí tenemos que ir siempre igual. Además, se pueden ir combinando las distintas prendas, y con cambiar un pañuelo se le da otro toque al traje», comentan, mientras cifran entre 120 y 180 euros el precio de un traje básico compuesto por «falda, delantal, pañuelo de cabeza y corpiño».

En Texartu, un taller de confección y bordado ubicado en Pamplona, visten tanto a novios como a los invitados. Sus dueños, Idoia Abinzano y Alfonso Otal, comentan que el fenómeno de las bodas tradicionales va a más, «y se ha notado muchísimo desde el año pasado a este». En Texartu tienen varias líneas: una comercial, con prendas confeccionadas que traen de fuera y resulta más asequible. «El más básico cuesta unos 70 euros». En su sala de ventas tienen también sus colecciones, con tallajes y patrones distintos. Y, por último, realizan trajes a medida.

A diferencia de encargos que reciben de los grupos de danza, casos en los que suelen ser muy rigurosos y no consienten ninguna licencia, cuando visten a unos contrayentes no se marcan tantos límites y reinterpretan la tradición. «Si el cliente, en vez de camisa, quiere llevar un corpiño de terciopelo de manga larga, pues adelante». Reconocen que hay detractores de esta práctica, pero ellos aseguran que es posible la «tradición sin traición» siempre y cuando se trate de este tipo de ceremonias más festivas. ¿Y el precio? Abinzano calcula que, «lo más de lo más», en el caso de la novia y con telas de nivel, puede costar unos 1.000 euros, «con camisa, corpiño, chaqueta, falda bordados a medida...».

De hecho, algunos de los novios a los que visten suelen tener las ideas muy claras de cómo quieren ir. A los que todavía no tienen nada decidido, en el caso de las novias, les proponen una falda con un poquito de cola y con bordados en la parte baja que hacen juego con el corpiño; una pieza que ha tenido una excelente acogida. Los bordados son uno de los puntos fuertes de Texartu, donde han recuperado motivos que han encontrado en las estelas funerarias de San Telmo e iconografía de otras zonas de Gipuzkoa, de donde procede parte de su clientela.


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