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Ronda, baile y sacudimiento

Momotxorros. Mamuxarrus. Zaku-zaharrak. Osos. Akerrak. Máscaras. Sangre. Cuestación. Vino. Toros. Boyeros. Tambores. El ‘Mutu’. Zorro. Más mucho vino. Huevos. Pieles. Botargas. Sogas. Xardas. El Carnaval acecha.

Egilea
Begoña Del Teso
Komunikabidea
Diario Vasco
Tokia
Nafarroa
Mota
Albistea
Data
2016/02/04
Lotura
Diario Vasco

Si preguntas en Ihabar, concejo del municipio de Arakil, Merindad de Pamplona, comarca de La Barranca, por el momentó álgido de sus carnavales te dirán que el viernes 12 saldrán los muchachos de ronda pero que será ‘al punto oscuro’ del sábado 13 cuando la fiesta estalle salvaje. Feroz. Incontrolada. Pagana. Ronda, baile y sacudimiento. Porque en muchos carnavales, en muchos ‘iñaute’, en muchos ‘ihauteriak’ las máscaras fustigadoras, armadas de varas de avellano, vejigas de cerdo o rastrillos son las figuras centrales. Personajes realmente aterradores como los seres embadurnados en sangre y nieve de Altsasu que comandados por un macho cabrío, encaminados por un boyero salido del Averno y acompañado por unas ‘mascaritas’ femeninas que cubiertas de colcha brillante y adamascada atada con una cuerda y un pompón dan miedo atroz en la noche navarra, abrevan en abrevaderos inciertos y gozan asustando al extraño, al visitante, al extranjero.

Política, religiosa, ancestral, naturalmente incorrectos. Impíos. Asaltan cunas, secuestran niños, cercan a las mujeres. Aterradores son los ‘iñautes’ en Unanua. Visten de blanco. Portan un gran pañuelo en la cabeza y el cuello y cubren sus fechorías con extrañísimas máscaras de latón, estaño e incluso, tal vez, bronce. Máscaras de desconocido origen que recuerdan países remotos, quizás africanos.

Cuando los mamuxarrus aparecen por las esquinas del pueblillo situado a los pies del monte Beriain no hay escondite seguro. Dicen que doncellas, señoras, abuelas y niñas se esconden en casa. Mentira. Una puerta cerrada no detiene al mamuxarru. Trepan por las paredes, saltan a los balcones y te encuentran aunque te hayas encerrado en el armario. Los más pequeños, los niños de fuera y dentro de la Sakana dan en creer que el cementerio será lugar inviolable. Sin saber que los mamuxarus llevan imponiendo su ley en las calles desde que el alba ni siquiera se atrevió a romper. Claro que saltarán entre las tumbas. Y si te encuentran, deberás arrodillarte ante ellos, decir palabras mágicas y besarles la rodilla. Feliz tú si no te golpean la boca.

Poco importa que los Momotxorros de Altsasu y su cortejo de brujas y ‘juantramposos relleños de paja y arpillera fueran una de las atracciones más deslumbrantes el sábado 23 de enero en Fitur, feria del turismo; el martes 9 de febrero rondarán las calles de la localidad del valle de La Burunda, bailarán ante el fuego y aquí también, palotearán y asustarán al que de fuera llegue.

Arizkun es igualmente en tiempos de carnaval lugar donde solo los más bravos sobreviven. Allí, tierra de agotes, inmensos y magníficos tambores (buenos luthiers eran aquellas criaturas maltratadas por suponerles orígenes ’perversos’) acompañan a un oso gigantesco cubierto con pieles de ovejas. En plural, sí. Porque no son ni una ni dos ni tres ni cuatro sino que pueden llegar a ser hasta 12. Baila el oso ebrio, encadenado a su domador y cae sobre propios y extraños.

Iñaute. Carnaval. Cierto, algunos tienen marcado en el Miércoles de Ceniza la hora de su desaparición pero otros, tantísimos, hunden sus raíces en tiempos más antiguos que el Cristianismo. Son ritos paganos de Invierno y Primavera. De lo Viejo y Lo Nuevo. De lo que germina y fecunda. De fuego y vino. De quintos que van de caserío y caserío. De ronda, sí. De cuestación también. Pues bien que se les llama ‘puskabiltzaileak’. Geniales son los ‘pedigüeños’ de Lesaka. Salen los chavales el jueves y ahí a la derecha muestran el resultado de andar y desandar los caminos hacia los caseríos de los barrios de la villa de la ermita de San Antón, Laminaciones, los ‘napoleones’ y Wellington. Más entrado el fin de semana será el turno de los Goitarrak y los Fraindarrak. Los primeros siempre han tenido fama de más salvajes y montaraces. También de bailar. Como los mejores. Los segundos, que reciben el nombre de un monte cercano, ese Frain orgulloso de sus 499 metros de altura, visten blusón negro y boina verde. En tiempos también existieron los Nabaztarrak (algo más ‘pijos’ y kaletarrak a pesar de ser de caserío). Desaparecieron como ‘puskabiltzaileak’ pero siguiendo otra tradición no refrendada por ningún etnólogo de postín que (de)muestra que los carnavales caen en el olvido pero resucitan a la vuelta de las décadas, cuentan que los jóvenes del núcleo de población de Navaz (129 habitantes según censo de 2014) se reúnen este año con la intención de recuperar la tradición de ronda, baile y cuestación.

Zaku zaharrak

Con permiso de los Zaku zaharrak, personajes principalísimos no solo del carnaval lesakarra sino de otros cien: personajes, monigotes, peleles, gigantones de arpillera y paja informes y torpones que en cada lugar representan lo que la imaginación de cada quien desea. Ruedan por los suelos o son derribados por osos y máscaras y acostumbran a tener infausto final. Ver a los mozos de Lesaka convertirse en sacos andantes en el frontón lleno de paja hasta los topes es espectacular. Ver a los Zaku zaharrak a la caída del domingo aguardar agarrados a las argollas de la plaza el ataque de la chavalería que armada de tijeras y cuchillos se apresta a arrancarles saco y paja es igual de prodigioso.

Niños. Personajes importantes del Carnaval. A veces pasan miedo. Otras son temibles. Pero incluso reciben regalos. En una de nuestras fotos, la de Berroeta, una niña intenta alcanzar, los ojos tapados, una piñata de carnaval. Niños que saben que por estas fechas volverán, a Huici por ejemplo, los jóvenes que trabajan en bosques cercanos o lejanos y habrán hecho su cuestación fuera del pueblo.

Carnaval. Aratusteak. Iñaute. Iñauteriak. Iñoteak. Astearteak. Paganos. Carnales. Sangre. Vino. Laicos. A los del País Vasco Francés poco les importa la Cuaresma o el Miércoles de Ceniza. Maskaradak. Kaskarotak. En su origen, otro grupo despreciado por los lugareños de vieja sangre. Decían que eran agotes, bohemios, zíngaros. Bravos en la mar, valientes sus mujeres en la venta. Hoy son lucida, vistosa y danzante escolta de esas máscaras y ‘cavalcades’ que pudieran tener su réplica en el carnaval de Abaltzisketa donde ocho bailarines con coloridos pañuelos y decoradas boinas bailan la makil-dantza y hacen una vez más la consabida cuestación entre trago de vino y bocado de chorizo.

Carnaval. Algo viejo. Algo nuevo. Algo que se quema, algo que germina. Alguien que altera su sexo. La señora con oveja y piernas peludas fotografiada en Tolosa hace 30 años. La extraña danza de An-tzuola. Prohibida, naturalmente, cuando Franco se hizo con el dominio del país y recuperada a partir de 1990 por el grupo Oinarin, en esa ‘sorgin dantza, hombres con capirotes de colores y mujeres (¿lo serán, no lo serán?) con sayas grises y máscaras que ocultan su rostro comparten, practican un cortejo lindamente procaz mientras un mono peludo y negro (al menos así se ve en grabaciones hechas en 2008) les levanta de vez en cuando las faldas a ¿‘ellas’?’

Carnestolendas. Oso. Lobo. Zaldiko. Y Zorro: ‘Axeri dan-tza’ de Hernani. Cierto, en ‘Gipuzkoa’, documental de Caro Baroja fechado en 1979 se ve que sucede con el verano recién empezado, en las fiestas de San Juan pero es baile carnavalesco. Prohibido durante la Dictadura. El pueblo, listo como un zorro, lo incluyó a la chita callando en el programa de los sanjuanes y los censores no se enteraron. Cuando los iñauteriak, los iñoteak, se recuperaron, el ‘axeri’ volvió a bailar antes del Miércoles de Ceniza y los muchachos del lugar a emplearse a fondo contra vecinos y forasteros. Blanden contra ellos vejigas. Hasta reventarlas. Vecinos y forasteros son rodeados, cercados, encerrados con soga larga y áspera. Con ella los reducen los bailarines fustigadores y les impiden la huida.

Oso. Zaldiko. Buey. Zorro. Pájaro. Pelele Markitos. El Markitos de Zalduondo. Mal final tendrá pues será quemado para que nuestra salvación, o al menos, nuestra felicidad y la fertilidad de la tierra, quede asegurada hasta el año venidero. Quemarán a Marquitos pero antes, como un señor o como un hereje, será paseado por el pueblo a lomos de un burro. Lleva gran txapela negra y un collar de cáscaras de huevos cocidos. Un mozo, con capa y sombrero, lo acompaña. Los músicos le siguen y rodean. Será empalado y quemado cerca del palacio de los Gizones, Lazarraga.

Carnavales. Famosos. Convertidos en patrimonio histórico tras haber desaparecido y resurgido gracias al pueblo mismo. Motivo de estudio para la Unesco como los 126 de Álava (incluido el de Salcedo, lleno de fuego y clamor). Algunos, sin embargo, se celebran dos veces. La primera para asombrar al foráneo, a los buses con turistas. La segunda, secreta, oculta y prohibida para el mundo, para el placer del pueblo, valle o barrio.

De primavera

(Fiestas de). Cuando en todo el país los carnavales fueron prohibidos y la Guerra y la Dictadura mataron a tanta gente y tanta felicidad, solo una villa mantuvo el bastión de la intrépida confusión, el disfraz y la chirigota, Tolosa. Y aparte de por el valor propio, pudo hacerlo porque rebautizó ese momento de lujuria, carne, desfase e imaginación. Durante tiempo fueron ‘Fiestas de primavera’.

Rural/Urbano. Poblaciones cercanas al foco de atracción que es Tolosa adelantan o atrasan sus ‘iñautes’ porque si coinciden con el 7, 8 y 9 de febrero sus ca-lles se vacían, pues el personal se apunta a la ‘ZaldunitaBezpera’ o al ‘Astelenita’.

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