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«En el instituto se reían cuando decía que quería ser bailarina»

Itziar Mendizabal, Bailarina

Egilea
Sandra Atutxa
Komunikabidea
Deia
Tokia
Bilbao
Mota
Elkarrizketa
Data
2007/02/09

Dicen que los sueños, sueños son, pero en su caso...

En mi caso se han transformado en realidad.

Se inició cuando era una niña.

Cuando veía espectáculos de danza me quedaba bloqueada delante de la tele. Con tan sólo cuatro años le dice a ama, que quería ser bailarina.

Eso sí que es vocacional.

Pues, sí, la verdad. No sé de dónde surgió esa pasión, pero lo tuvo claro desde el principio. Recuerdo que algunas chicas de mi clase hacían ballet, y yo quería ser como ellas.

Mujer segura.

Siempre lo he sido. Va en mi carácter. Cuando preguntaban en el instituto: ‘‘¿Qué carrera vais a estudiar?’’. Respondía: ‘‘Yo, bailarina’’.

Y, ¿qué le decían?

Mis compañeros se reían, pero a mí me daba igual. Lo tenía claro. De mayor quería dedicarme a la danza. El profesor me decía que ser bailarina no era ninguna carrera.

Hombre, carrera, carrera universitaria no, pero...

Pero es una carrera y hay que trabajar muchísimo.

Mucho sacrificio, ¿verdad?

Enorme. Es una profesión que requiere de un enorme sacrificio, pero es lo que siempre he querido ser. Así soy feliz. El esfuerzo no es sólo físico, si no psicológico también.

¿Las bailarines tienen bajones?

Por supuesto. Somos humanos y hay días muy duros.

Y, un día de bajón, ¿qué hace Itziar?

Con los lagrimones en los ojos, intentar acabar el día lo mejor posible. El día que estoy de bajón me digo a mí misma: ‘‘Venga, Itziar, mañana será mejor día’’.

Desde hace un año es bailarina solista del Ballet de Leipzig. ¿Cómo se lleva un trabajo de esa responsabilidad siendo tan joven?

Estoy feliz, porque estoy bailando mucho. Es lo que me gusta. Ingresar en el Ballet de Leipzig ha supuesto un salto importante en mi carrera. Es una compañía con un nivel muy alto, una base clásica muy fuerte. He tenido la oportunidad de hacer ‘‘La fierecilla domada’’ y ‘‘El lago de los cisnes’’.

Era lo que deseaba, ¿no?

Sí, era lo que quería desde pequeña. Pero reconozco que ha llegado antes de lo que yo esperaba.

Se le ve feliz.

Es que no sé cómo explicar lo contenta que me siento.

¿Se considera una mujer afortunada?

Muchísimo. Soy lo que quiero ser.

¿Se marca metas?

No, no pienso en el futuro. Ahora, por el momento sólo quiero disfrutar con lo que estoy viviendo. Para mí es lo más importante. He encontrado un sitio en el que tengo un buen ambiente de trabajo, donde siempre encuentro una sonrisa en esta profesión en la que muchas veces nos sentimos tan solos. Por eso, ahora, lo que voy a hacer es aprovecharlo mucho y aprender.

Siempre hay algo que aprender.

Siempre. Se aprende del primero al último de los bailarines de una compañía. Todo el mundo te aporta cosas interesantes.

Imagino que lo peor es estar fuera de casa, ¿no?

Se hace muy duro. Con catorce años me fui a Madrid para ingresar en la Escuela de Baile de Víctor Ullate. Aquel año fue muy duro, porque me sentí muy sola. Alejada de mi familia y de mis amigos. La vida me cambió totalmente. Dejé Hondarribia y me fui a la gran ciudad.

Es esa la parte dura del artista.

Es una de las partes más duras, sin duda. No tienes a tus amigas para quedar los fines de semana.

Pero, ¿acaso tiene fines de semana libres?

Ja, ja. Tienes razón. Ni siquiera tienes fines de semana libres. Ha habido épocas en las que he trabajado mes y medio seguido sin un día de fiesta. Siempre no es así, pero hay meses que se complican.

Cuando libre tampoco tendrá ganas de hacer muchas cosas, ¿no?

Sólo tumbarme en el sofá y descansar. Generalmente, los solistas sólo tenemos un día libre a la semana.

Después de debutar como bailarina profesional en la compañía de Víctor Ullate, estuvo tres años en Zuritz, y ahora en Leipzig. ¿Los bailarines están obligados a moverse o cambian de país por voluntad propia?

Ambas cosas. Por un lado, tienes que salir fuera para aprender, trabajar con distintos coreógrafos, buscar la línea, el estilo de compañía que te gusta. Por otro, te ves obligada a salir porque hay pocas compañías de ballet en nuestro entorno más próximo, así que es muy difícil bailar.

El Ballet de Leipzig tiene un repertorio de coreografías clásicas, ¿no?

Es un ballet con repertorio de coreografías clásicas y neoclásicas.

¿Qué estilo prefiere?

Los dos me gustan, aunque el clásico es el más exigente, es el más puro y lo tienes que hacer cuando eres joven. El neoclásico te da otra sensación, otra libertad.

¿Se ha hecho a vivir en Alemania?

Bueno, tengo poco tiempo. Los ensayos comienzan a las diez de la mañana y terminan a las seis de la tarde. Leipzig es una ciudad universitaria llena de gente joven con mucha vida. Los amigos nos juntamos y hacemos cenas en las casas.

¿Qué tal se defiende con el alemán?

Lo chapurreo, pero el idioma que utilizamos es el inglés. En el Ballet hay 40 bailarines de 20 países distintos. Es una compañía multicultural.

Cuando llegan las vacaciones estará deseando volver a su pueblo natal.

Me encanta. Disfrutar del mar, de la comida...

¿Sus principales fans?

Mi familia. Cuando la pasada semana actué en Gasteiz vinieron a verme. Fue muy emocionante.

¿Tiene alguna manía antes de salir al escenario?

Envio un beso al cielo y otro al escenario.

¿El beso que lanza al cielo tiene un destinatario especial?

Va dirigido a personas muy queridas, que me cuidan y sé que están conmigo.

¿Qué pensarán aquellos compañeros de instituto que se reían cuando decía que quería ser bailarina?

Mis verdaderas amigas han estado siempre conmigo. Los demás, me da igual lo que piensen.

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