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Pura tradición rusa

Crítica, Ballet de Moscú

Egilea
Ana Remiro
Komunikabidea
Diario Vasco
Mota
Kritika
Data
2003/03/30

El Ballet de Moscú, fundado en 1990 por su actual director artístico, ha recogido en su seno a las más importantes figuras del ballet clásico de la antigua Unión Soviética y perpetúa la más pura tradición de la escuela rusa en el ámbito de la danza clásica.



Con un amplio bagaje de giras internacionales a sus espaldas llega al Kursaal donostiarra para proponer un interesante programa. Dos piezas de gran trascendencia en la historia del ballet. La primera parte de dicho programa lo constituye el emblemático Pájaro de fuego, una pieza coreográfica mítica, revolucionaria en su tiempo, ideada y coreografiada por Michel Fokine, genial artista y gran innovador de la danza de principios del siglo XX, con una adaptación coreográfica a cargo de Timour Faiziev. En la segunda parte se nos ofrece una versión de Carmen con coreografía de Radu Poklitaru, premiada con la medalla de Oro en el Concurso Internacional de Coreografía del Teatro Bolshoy de Moscú en su edición 2001.



Durante la representación se pudo observar el elevadísimo nivel técnico de los bailarines que componen actualmente esta formación, destacando sobremanera la elegancia y sutileza, al más puro estilo ruso, de la expresión en la parte superior del cuerpo, así como un depuradísimo trabajo de piernas del que obtenían una extrema exactitud y justeza en la ejecución de los pasos más comprometidos. Esta exactitud, junto a una armonía, que de tan perfecta parecía poco humana, se repartía por igual tanto en los pasos de mayor virtuosismo como en los más sencillos.



Sin embargo, a lo largo de la primera coreografía se echó de menos una mayor implicación emocional por parte de los bailarines, quedando la obra algo desequilibrada entre su perfección técnica y formal, y su carencia en cuanto a fuerza emocional.



En la segunda parte ocurrió lo contrario. En Carmen el espectador se encuentra a unos bailarines vivos y expresivos. Unos cuerpos libres y vibrantes que nos transmitían con calidez y pasión aquello que querían contar.



La coreografía se desarrolló en un tono fresco, desenfadado y con ciertos toques de humor, con momentos muy acertados y otros, quizás menos, pero con una gestualidad y un desarrollo coreográfico coherentes con su planteamiento. En esta segunda pieza seguía quedando patente la infinita precisión y control del movimiento de todos y cada uno de los intérpretes.



Una agradable velada de danza que satisfizo al público del Kursaal que premió con importantes aplausos.

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