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Mila Beldarrain: «Las mujeres no pudimos subir a bailar al escenario hasta el siglo XVIII»

La autora donostiarra ha publicado 'Inesa de Otadui y Olazaran', sobre una dama de la alta sociedad en el Oñati de fines del siglo XVIII

Mila Beldarrain (San Sebastián, 1951) ha publicado su decimocuarto libro, la novela histórica 'Inesa de Otadui y Olazaran', ambientada en el País Vasco de fines del siglo XVIII, sobre todo en la villa de Oñati. El libro ofrece diez cartas que Inesa escribe a su hermano, que vive en un sitio muy lejano. Es la primera vez que la veterana escritora -lleva ya 22 años en el oficio- ha optado por el género epistolar.
Egilea
Felix Ibargutxi
Komunikabidea
Diario Vasco
Tokia
San Sebastián
Mota
Elkarrizketa
Data
2016/07/07
Lotura
Diario Vasco

-Ahora también ha escogido, como protagonista principal, a una mujer.

-Me han dicho que escribo sobre mujeres porque tengo un interés especial en hacer una reivindicación feminista. Y siempre he contestado que no. Lo que ocurre es que escribo desde mis mocasines. Soy mujer y, lógicamente, al escribir reivindico. Eso es una mala señal; si al escribir sigo reivindicando, quiere decir que las cosas no van tan bien como debieran.

-La protagonista, Inesa de Otadui, es una mujer de fines del siglo XVIII.

-Y mediante esta mujer he querido plasmar a las mujeres que, en aquella época, y por primera vez, hicieron públicas sus reivindicaciones feministas. Hasta entonces, las mujeres callaban en un mundo con una estructura cerrada, pero a partir del XVIII empiezan a sacar todo esto a la luz; pero sin ningún éxito. Nosotras, las de ahora, les debemos mucho.

-La acción se desarrolla sobre todo en Oñati.

-Porque me gusta muchísimo Oñati. Es preciosa, no solo arquitectónicamente. Si recuerdas cómo pasa el agua por esos puentes junto a la parroquia de San Miguel... ahí hay misterio. Hay también una salida a Bayona. En ese lugar en el que hoy paseamos tranquilamente, en aquella época atracaban barcos negreros. Francia tenía entonces muchísimos esclavos. También hay una salida a Aretxabaleta, donde mi hijo Paul enseña en la Escuela de Música. Y aparece además la Donosti del siglo XVIII, esa Donosti abigarrada; no cabía nadie más en la ciudad.

-Según dice la contraportada del libro, es una historia de amor.

-A Inesa le quieren casar con un hombre rico. Es un matrimonio concertado por las familias. Hasta ahí, poco hay de novedoso. Porque entonces eso era lo normal; el matrimonio era un negocio. Sí es verdad que entonces se empiezan a cuestionar por primera vez este tipo de matrimonios, y ahí tenemos a Leandro Fernández de Moratín con su obra 'El sí de las niñas'. A Inesa le ocurren dos cosas decisivas, que le van a condicionar del todo: su pasión por la danza y que está perdidamente enamorada de otro hombre. Las pasiones y los amores son rebeldes, y esas circunstancias le harán reflexionar.

-El estilo de la novela es epistolar. Se trata de varias cartas escritas por la propia Inesa de Otadui y Olazaran.

-Son diez cartas que Inesa escribe a un hermano que tiene muy lejos. Y el hecho de que esté tan lejos ayuda a que ella pueda contar y contarse sin ningún miedo, porque el hermano igual no vuelve nunca. Vamos conociendo íntimamente al personaje y vemos cómo se resuelven unos misterios que están dentro de la novela.

-Además del amor por ese hombre, Inesa siente una gran pasión por la danza.

-Las mujeres, hasta el siglo XVIII, no podíamos subirnos a bailar a un escenario, porque se consideraba indecoroso. Las danzas tradicionales eran privativas de los hombres, lo único que se nos permitía a las mujeres era bailar en las romerías como Dios nos daba a entender. Creo que había una danza tradicional que era excepción, una. Cuando me he enterado de eso, me he acordado de las procesiones del Corpus Christi en Donosti. Salían del Buen Pastor y recorrían toda la ciudad. Por un lado solían ir los hombres, todos ordenados y serios; y al final de la procesión aparecía un cura gordo, y yo que era muy pequeña me indignaba: junto al cura iba como una tropa de mujeres vociferantes, y cada una cantaba como quería. Pues algo así pasaba con la danza en el País Vasco. Entonces, Inesa, que está en contacto con ese esplendor cultural de Bergara y Oñati, quiere que haya una escuela de danza en la que bailen las mujeres y puedan llegar a ser danzarinas profesionales. Pero resulta que ya para fines del XVII el rey francés ha abierto una Academia Real de Danza en París y las mujeres se han empezado a incorporar.

-En la portada del libro aparece justamente una escena de danza.

-Es una imagen del lienzo que en 1730 pintó Nicolas Lancret sobre la bailarina Marie Camargo. Se hizo famosa porque incorporó los brincos que daban los hombres -y solo los hombres- a su propia danza. Para hacer posible ese cambio, acortó las faldas del traje y modificó el tacón de los zapatos de baile; porque las zapatillas de ballet que conocemos ahora son del siglo XIX.

-Inesa comienza a contarle cosas a su hermano, y en las cartas van también algunas reflexiones.

-Inesa es una mujer de su tiempo, en el sentido de que recibe la educación que se daba entonces a las clases altas, a los nobles. A esa cultura se le llamaba -sin ningún pudor- «cultura de representación», porque educaba a las mujeres para representar bien a sus maridos. Aprendían a leer, a firmar y un poco de francés. No se les enseñaba a escribir, porque les daba un miedo horroroso que nosotras tuviésemos la posibilidad de escribir y firmar. Resulta que Inesa vive en Oñati y, como la mujer de Xabier de Munibe, Josefina de Areizaga, era también de Oñati, nuestra protagonista está al corriente de que Bergara es un referente en toda Europa. Ya sabe que en el Laboratorio de esa villa hay figuras de primer orden científico, que se ha descubierto el wolframio y se ha hecho maleable el platino.

-Una época muy movida.

-En ese siglo XVIII el hombre pensó que tocaba el cielo. Entonces se descubrió la electricidad. La gente pagaba para que le dieran una descarga y se le pusieran todos los pelos de punta. Hubo un experimento en París, con doscientos monjes agarrados de la mano y pudieron calcular a qué velocidad se transmitía la electricidad. Es también el siglo de la Declaración de los Derechos del Hombre, y va Inesa y se lo cree, pero hay un personaje en la novela, amiga de Xabier de Munibe y amante de Rousseau, que le va a aclarar las cosas: la Declaración de los Derechos del Hombre es literal, no es una declaración de los derechos de la mujer. El señor Rousseau, hablando de las mujeres, dijo que el decoro es nuestra virtud más importante, que tenemos que ser discretas y virtuosas, y que hemos nacido para hacerles las cosas fáciles a los hombres, con el fin de que ellos puedan hacer grandes obras. Eso no lo dice solo Rousseau; Melchor Gaspar de Jovellanos, el ilustrado español, tenía una hermana que era escritora, se quedó viuda, se le murieron los hijos también y al final Gaspar la retira a un convento de Asturias con el argumento de que es indecorosa. Lo que no sabe Inesa de Otadui es que de allí a unos pocos años, cuando llega la Revolución Francesa, va a haber una mujer, Olimpia de Gouges, que va a hacer una Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana. La publica y se llevan todos las manos a la cabeza. Los hombres revolucionarios deciden, por supuesto, que eso es antirrevolucionario. Finalmente se cierran todas las asociaciones de las mujeres. Solo un hombre nos apoyó: Condorcet. Dijo que la situación de las mujeres era similar a la de los esclavos.

Mila Beldarrain, ayer en San Sebastián.

Mila Beldarrain, ayer en San Sebastián. / JOSE MARI LÓPEZ

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