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La religiosidad del baile de Kukai Dantza seduce en el Mercat

Folclore y contemporaneidad se trenzan en ‘Erritu’, del israelí Sharon Fridman

Egilea
Carmen del Val
Komunikabidea
El Pais
Mota
Kritika
Data
2020/02/23
Lotura
El Pais

Tres de los bailarines de Kukai Dantza durante 'Erritu'.

Por fin un lleno absoluto en la sala Mac del Mercat de les Flors de Barcelona. La expectación que había despertado la actuación de Kukai Dantza, el grupo vasco que lidera, desde 2011, Jon Maya, con la coreografía Erritu, del israelí Sharon Fridman, y que en esta ocasión cuenta con la participación de 26 cantantes del Cor de Noies del Orfeó Català, devolvió por una noche el brillo a los estrenos del Mercat. Una programación anodina en los últimos tiempos que ha restado público e interés por lo que ocurre en la Casa de la Danza.

Kukai Dantza, Premio Nacional de Danza 2017 y Premio MAX de las Artes Escénicas como Mejor Espectáculo del 2019 por Erritu, mezcla con maestría la solemnidad y elegancia del folclore vasco con la danza contemporánea. Es una pieza en que el baile, la música, el canto y la escenografía forman una atrayente arquitectura. Un montaje de una religiosidad extrema en el que los cantos del Cor de Noies logran que la escena se convierta en un acto sacro, en un ritual primitivo o sofisticado según los sentimientos de cada momento. Erritu es un viaje vital por diferentes estados de la vida, individualidad y colectividad se entrelazan con el amor y la angustia. La soledad moldea sagazmente el cuerpo de cada uno de sus excelentes bailarines.

Esta coreografía destila la estética de otros espectáculos representados en nuestra ciudad, como el de las compañías israelís Kibbutz Company, grupo del que formó parte Fridman, ahora afincado en Madrid, o de Ohad Nahirn, director de Batsheva, por lo que este montaje no resulta tan novedoso para el público barcelonés. Sin embargo, Erritu tiene una cualidad añadida con respecto a los otros, que es la belleza y riqueza del folclore vasco. La agilidad de sus saltos cercanos a los de la danza clásica, esos esbeltos y elevados entrechats, que aquí, junto a elementos de danza contemporánea crea una armónica sinfonía entre tradición y modernidad. Un excelente trabajo coral que a veces resulta reiterativo, pero que, cuyo trazo inspirado en los trabajos relacionados con el cultivo de la tierra y las fiestas populares, resulta de una gran expresividad. Los cantos religiosos y los fragmentos de baile en que los intérpretes visten largas faldas para recrear sus encuentros furtivos, en los que el diálogo cuerpo a cuerpo es de una gran fuerza y versatilidad coreográfica, arrastran al espectador a una ceremonia sacra de gran profundidad. Al terminar Erritu, tras los cálidos aplausos, cuando el público empezó a desfilar en silencio hacía la salida del Mercat se encontró con las 26 mujeres del coro que cantaban Rossinyol que vas a França, un efecto fácil pero muy efectivo… la emoción continuaba.

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