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«La coreografía que crea el algoritmo de la IA es matemática; no expresa nada»

El Arriaga acoge este viernes el estreno de 'A.I. (Amalur Indarra)', una experiencia total con proyecciones y láser que reivindica el factor humano
Egilea
Isabel Urrutia Cabrera
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2026/03/24
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Lucía Lacarra, ayer en el Teatro Arriaga.
Lucía Lacarra, ayer en el Teatro Arriaga. Ignacio Pérez

 

De niña en Zumaia, cuando lloraba, su madre abría un joyero antiguo. Sonaba la música de 'El lago de los cisnes', giraba la figurita de plástico con tutú sobre sus imanes y ella se olvidaba de todo. Podía mirarla durante horas. No había academias de ballet en el pueblo ni nadie en la familia con relación al arte y, pese a todo, la pequeña Lucía Lacarra (Zumaia, 1975) tenía claro que iba a ganarse la vida con el ballet: era una certeza, no un sueño. Tras arrancar profesionalmente a las órdenes de Víctor Ullate y dar el salto como estrella en los ballets de Marsella, San Francisco y la Ópera de Múnich, aquella chavalita es hoy una mujer que ha vuelto a coger impulso en Euskadi.

En 2023 fundó su propia compañía con base en Gipuzkoa, con la que estrenó su primer montaje, 'Lost Letters', y ahora regresa este viernes al Teatro Arriaga para estrenar su nueva producción, 'A.I. (Amalur Indarra)': un espectáculo que recrea la irrupción de la inteligencia artificial en un escenario distópico. Hombres y mujeres vegetan emocionalmente hasta que Amalur, la Tierra Madre vasca que encarna la propia Lacarra, hace acto de presencia para despertar a la humanidad. El Lucía Lacarra Ballet demostrará que el cuerpo, a diferencia del algoritmo, tiene recuerdos, deseos y pulsiones que le llevan a rebelarse contra la tiranía del cálculo y lo previsible.

– El título del espectáculo, 'A.I. (Amalur Indarra)', tiene mucha carga simbólica. ¿Quiere sacudir al espectador antes de que se levante el telón?

– Queremos lanzar un mensaje claro sobre dos temas de plena actualidad: la inteligencia artificial y el cambio climático. Son temas que están a la orden del día, que generan miedo en unos y excitación en otros. Las nuevas tecnologías han venido para quedarse —van a evolucionar–, y su aplicación y desarrollo dependen de nosotros. Tenemos que aprender a emplearlas en nuestro beneficio y evitar que gocen de tanta independencia y poder que lleguen a dictar lo que hacemos.

– El montaje incluye el uso de láser y la proyección de una película rodada en las Bardenas Reales, el parque natural de Navarra. ¿Busca la experiencia total?

– No me cierro a nada. Lo primero que hicimos fue diseñar el láser, porque es un protagonista más: es la inteligencia artificial hecha forma visual. Y Amalur también estaba muy definida desde el principio. Al empezar a trabajar y darle vueltas al tema, me acordé de un espectáculo que hice aquí en Bilbao sobre la mitología vasca, donde yo hacía precisamente de Amalur. Lo hablé con Matthew (Golding ) –su pareja sentimental y artística–, profundizamos en ello y nos pareció muy, muy interesante.

– Recurre a la música de Max Richter, Jóhann Jóhannsson, Samuel Barber, Hans Zimmer y Kjartan Sveinsson. Una pena que no haya orquesta en directo.

– ¡Ya me gustaría! Y tener un elenco de 30 bailarines. Pero hay límites y hay que adaptarse.

– ¿Saldrá algún artista vasco a escena en este montaje?

– No. Es una de mis grandes frustraciones. Organicé una audición y no se presentó ninguno.

– ¿Y eso?

– Es comprensible, porque solo puedo ofrecer contratos por proyectos —hemos estado dos meses trabajando, pero a partir de ahora será por giras y funciones–. Al no poder ofrecer esa seguridad, no puedes pretender que alguien deje un contrato o se quede bloqueado a la espera. Tuve que cancelar la audición.

El uso desmesurado

– Seamos sinceros. ¿Usa usted la IA en sus quehaceres diarios?

– La utilizo pasivamente como todo el mundo. Hoy vas a Google y ya no te manda a páginas web donde tú buscas la información: te la encuentra y te da el resultado directamente. Para ciertas cosas está muy bien, pero está claro que se está utilizando de forma desmesurada.

– Especifique un poco más.

– En la actualidad se está usando para crear arte: para componer, para coreografiar, para diseñar. Y el arte siempre ha estado ligado a la creación de emociones, siempre se ha considerado alimento para el alma. Para eso hace falta humanidad: alguien con inspiración y creatividad capaz de transmitir emociones.

– ¿Cómo son las coreografías concebidas por la IA?

– Un producto rápido. Un algoritmo te lo genera en minutos. Pero son pasos. Solo pasos. ¿Te cuenta algo? ¿Te expresa algo? ¿Es arte? No. Es matemática.

– Haga balance de sus trabajos: 'Fordlandia', 'In the Still of the Night', 'Lost Letters' y ahora 'Amalur Indarra'. ¿Hay un hilo conductor que una todos sus proyectos?

– Claro que lo hay. ¡Reivindico el contacto directo entre las personas! Tengo una hija de 11 años y me preocupa la deriva que está tomando el mundo.

– Usted ahora no se puede quejar. Ha contado con muchos apoyos para este montaje, ¿no?

– Lo que tenemos nos lo hemos ganado a base de sudor. Hemos conseguido por segunda vez consecutiva la subvención de producción del Gobierno vasco. Es un proceso que exige un montón de papeles, un trabajo brutal, pero hemos tenido la suerte de obtenerla. También contamos con el respaldo prometido de la Diputación de Gipuzkoa. Y el Ayuntamiento de Zumaia nos ha apoyado, sobre todo porque hemos creado este espectáculo en la sala de danza de la Kultur Etxea de Zumaia, el mismo convento donde grabamos los interiores de 'Lost Letters'.

– ¿Qué significa estrenar en el Arriaga?

– Muchísimo. El mayor apoyo, y esto viene de años, ha sido el de Calixto Bieito y el de este teatro. A nivel personal tampoco olvido que fue el primer teatro en el que entré como espectadora, con trece años: vine a ver un estreno del Ballet de Víctor Ullate. Luego, ya como bailarina, actué en 1990 y desde entonces he venido muchísimas veces.

– Por cierto, ¿qué le pareció la salida de tono de Timothée Chalamet al tachar el ballet y la ópera de géneros 'muertos'?

– Increíble. Más todavía porque él tiene una madre y abuela que trabajaban en el New York City Ballet, su hermana también estaba vinculada, y yo he visto fotos de él haciendo de cupido con su madre en el escenario. Quiso hacer una gracia y le salió mal.

– Quizás fueran los nervios. No pinta bien el futuro para los actores de cine. Ya se puede recrear digitalmente a cualquiera... Vivo o muerto.

– Cierto. Me consta que a Antonio Banderas le han ofrecido bastante dinero por su imagen y su voz. Va a llegar un momento en que no vamos a creer nada de lo que veamos en una pantalla.

– ¿Sucederá algo parecido con las artes escénicas?

– No, el factor humano es clave en el teatro. Las emociones en vivo marcan la diferencia.

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