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Estruendo atronador

Crítica, Antonio Canales

Egilea
Idoia Lecumberri
Komunikabidea
Diario Vasco
Mota
Kritika
Data
2003/04/07

El dramón que Canales representa a su nuevo montaje Minotauro en la primera parte del espectáculo no es en absoluto creíble. Según el artista, este trabajo nace a raíz de la necesidad innata, propia del creador, delirante, tormentosa, dando vueltas a sus neuronas a veces hasta enloquecer, y se sirve de la lectura del Minotauro que representa la vida laberíntica de cualquier ser en la lucha del hombre consigo mismo. Canales en esta primera parte quiere expresar el drama que un artista siente en momentos de creación: el vacío, la ansiedad y otras sensaciones ante este espectáculo. Para ello, utiliza recursos escénicos como una caja negra que es cruzada por una alfombra en el centro del escenario, flanqueada por un marco rojo por donde entran y salen los bailaores. Va narrando su soledad con algún solo, donde ya su imagen transmite una rotundidad pasmosa y una presencia sobre las tablas, y va presentando en forma de cuartetos y quintetos su tormento. El quinteto de bailaores a ritmo de tambores muy primitivo parece invocar a las fuerzas de la Naturaleza con una gestualidad arcaica en un zapateado nada estereotipado y distinto, como animalesco en honor a Minotauro, monstruo mitad hombre, mitad toro que encerrado en el legendario laberinto construido por Dédalo fue muerto por Teseo en Creta.



Doce focos blancos cenitales sobre la mesa donde el Minotauro se emborracha y dos focazos rojos (muy inspirada la iluminación de Spinelli) dirigidos al cantaor que se encamina a Canales pidiéndole mírame a la frente que quiero mirarte a los ojos..., cuando el grupo de bailaores irrumpe para bailar por bulerías la borrachera del personaje mitológico. Canales se vuelve loco antes de su muerte, bajo música del rock más heavy y luces discotequeras y amenaza a todos con una silla roja. Muerte y renacimiento, todo va junto y saludan transformados al público. Fin de la primera parte teatral y poco cálida.



Inicia la segunda parte, titulada Suite Flamenca. Si el flamenco es un arte que levanta pasiones en la gente es porque uno siente que la entrega es total en cada uno de sus más mínimos movimientos. ¿Por qué el creador, en este caso Canales-Minotauro, muestra su locura, su dificultad de expresión en un nuevo montaje separando la primera parte, más moderna de la segunda, más tradicional ? Es como que la cadena a la que está sujeto el Minotauro no le deje integrar estas dos mitades. Todo esto para decir desde estas líneas que la apoteosis final del arte en Canales cerrando el espectáculo y sus cinco bailaores es enorme y que en su solo de 25 minutos se muestra a sus 41 años en todo su esplendor, sensible y atronador que casi en éxtasis y simbiosis absoluta con su gente y sus músicos deja al público boquiabierto de tanto poderío que encierra su arte. Potencia atronadora, símil de los reales fuegos artificiales en traca final, Canales nos trae a todos locos. No hay que olvidar la actuación magnífica de Juan De Juan, Paul Vaquero, David Paniagua, David Romero y Antonio Sánchez y el exquisito cromatismo músical del solo al violín de Bernardo Parrilla.

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