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Carmen Larumbe. 'In memoriam'

Komunikabidea
Diario de Noticias
Tokia
Pamplona
Mota
Kritika
Data
2006/02/09

UNA exposición en los vestíbulos del Gayarre ambienta al espectador sobre la vida y la importancia artística, dentro del mundo de la danza, de la cascantina Carmen Larumbe, al cumplirse diez años desde su muerte. Esas fotos explican algunas características de su danza; por ejemplo la gran musicalidad de esta bailarina, su investigación de nuevos movimientos corporales partiendo siempre de la música, y es que en uno de esos documentos gráficos se la puede ver dirigiendo un coro. En la filmación que precedió al programa de ballet se pudo apreciar también el magnífico solo de esta bailarina que estuvo con Maurice Bejart, un solo en el que la música queda interiorizada y expandida por el movimiento, como si de una suite de violonchelo se tratase.



La compañía Larumbe de Danza, en la que baila su hijo, ha continuado, sin duda, el espíritu de la bailarina, sin detenerse en el recuerdo, claro, sino investigando y aportando nuevas coreografías. El espectáculo presentado en el Gayarre comenzó con un dúo muy impactante coreografiado por Cesc Gelabert. Sirviéndose de unos aparatos que sostenían a la bailarina, la relación que se establece entre el dúo es atormentada y doliente; casi inaccesible. Su realización fue impecable, llegando a formar figuras de gran belleza plástica. Desde luego esta compañía demostró un absoluto dominio de los aparatos insertados en la danza, porque en el resto de la obra, coreografiada ya por los propios miembros de la compañía, también se jugó con un carrito de compra de modo admirable.



El entorno desnudo del escenario -a radiadores y paredes vista- nos presenta, en una estética contemporánea, las relaciones humanas cotidianas de los cinco protagonistas: tres mujeres y dos hombres. Todos con unos cuerpos muy poderosos, dentro de un estilo de danza contemporánea. Esos cuerpos les permiten a los bailarines registros magníficos, originales, de dificultad física -algunos- y con libertad para usar el suelo o el carro de la compra con toda soltura, sacándoles gran partido coreútico. Ya el comienzo fue muy interesante: a partir de un sonido casi hiriente el cuerpo está sin movimiento; al empezar la música, se recompone. Y, a partir de ahí, se desarrolla una narración muy clara y muy bella, dentro de la cotidianidad y la ropa interior, de las relaciones humanas donde aparecen encuentros, desencuentros, ternura, enfado, triángulos amorosos, dolor, alegría, sentido del humor..., en fin, todo lo que va componiendo la vida. Hay momentos, como el baile sin que suene la música, -aunque, evidentemente, sí que está en el interior de los bailarines- con simetría y compenetración. Y los dos hombres distribuyen dúos y pasos con las bailarinas de bellísima factura. Salvador Masclans, con una presencia rotunda siempre, y Juan de Torres, con una elegancia y madurez muy bien llevada. Daniela Merlo, M. Cruz Planchuelo e Ingrid López: impecables. Acaba el espectáculo con un logradísimo dúo en el lecho amplificado por un juego de espejos, absolutamente delicadísimo; un adagio lento, lleno de ternura y profundidad, muy emocionante.



En el recuerdo y en el mayor de los agradecimientos estaba Carmen Larumbe, que no pudo instalarse aquí con su ballet -siempre es tarde para la danza-, pero nos dejó su legado artístico y el entusiasmo por este arte a sus herederos.

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