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Ballet Nacional de España, Pasión en danza

Egilea
Diego Bagnera
Komunikabidea
Diario Vasco, Semanal
Mota
Erreportajea
Data
2008/10/03

Si usted creyó que un cuerpo de ballet y una academia son lo que ha visto en Fama o Mira quién baila, entre con nosotros a las naves del Matadero, el centro cultural de Madrid en el que tiene su sede el Ballet Nacional de España (BNE). Aquí, la actividad no cesa: empieza a las 9.30 y acaba, casi siete horas después, sobre las 17, hora en que recomienza hasta las 22, con la llegada de los miembros del Taller Estudio, los jóvenes de entre 16 y 21 años que pasan dos temporadas formándose, con sueldos de profesional y la ilusión de integrar un día el primer elenco. En cada rincón, en todo momento se respira silencio, concentración. Nada de voyeurismo ni aspavientos para la galería. En mallas, chándal, calzas, ropa cómoda y zapatillas de danza, los casi 40 integrantes del BNE –bailarines de entre 20 y 40 años, aproximadamente– atacan una de las escenas de El corazón de piedra verde, la nueva coreografía de su director, José Antonio, con la que iniciarán el próximo 3 de octubre en el teatro de la Zarzuela el año de celebraciones por el trigésimo aniversario del cuerpo estable.


Bajo la atenta mirada del director, todos calzan a tiempo el movimiento que el ritmo pide, como si fuera lo último que quisieran hacer en sus vidas: a fondo y por entero. «Lo más duro de llevar aquí es la disciplina –dice una de las primeras bailarinas, Cristina Gómez, de 26 años–, la constancia, el estar siempre a un mismo nivel, pero eso es también lo que te permite bailar en la compañía que es marca y seña de la danza en nuestro país.» Miguel Ángel Corbacho, de 31 años, bailarín principal, coincide: «El trabajo, la disciplina. Es lo que más me gusta: el ir todos a una, acoplados. El rigor a la hora de bailar». Bajo ese mismo rigor se han hecho a sí mismos, cada cual por su lado, actuando desde la adolescencia en las principales compañías independientes, hasta desembocar aquí y vaciarse a diario en clases de técnica, ballet clásico, folclore, flamenco y en la preparación de las cuatro o cinco coreografías que tienen aceitadas para las diversas giras por España y el extranjero. Aquí, como en pocos sitios, se ve que no sólo cuenta llegar, sino mantenerse: fibrosos, compactos, flexibles, sin la menor capa de grasa atenuando sus músculos, lucen una forma envidiable. «No tenemos un protocolo de alimentación –sonríe Cristina Gómez–, pero nos cuidamos. Intentamos comer cada dos o tres horas: un sandwichito, un zumito, un plátano... El día a día aquí es muy intenso.»


Puestos a hacer balance, nadie mejor quizá que José Antonio para echar la vista atrás y evaluar lo recorrido. Director entre 1986 y 1992 y desde 2004 hasta hoy, él ya estaba aquí cuando todo empezó. Eran tiempos de transición. Antonio Gades, primer director del recién creado cuerpo público, elegía a los integrantes en el teatro de la Zarzuela y el coreógrafo andaluz, ya laureado y reconocido, sería el primer bailarín. De aquella exigente audición salieron los primeros guardianes de un riquísimo repertorio de bailes en peligro de extinción que hoy brillan saludablemente en un cuerpo ‘joven’ –si se lo compara con los centenarios de la Ópera de París, la Scala de Milán o el Mariinsky de San Petersbrugo–, pero no inmaduro, capaz de conquistar grandes premios y lanzar a figuras como Antonio Canales, Lola Greco, Joaquín Cortés, Aída Gómez o Antonio Márquez. «No obstante, estamos en pañales –dice José Antonio–. Hay un buen nivel, pero con una gran falta de conocimiento de la danza española: se baila dificilísimo, con un sentido rítmico maravilloso, pero no por ello con sentido musical. Y sin eso, el ballet…» ¿Qué pasa entonces? «Sólo se quieren nombres famosos, y punto.» Pero programas como Fama o Mira quién baila ¿no suman? José Antonio sonríe: «Sí, al entretenimiento. A la divulgación, nada. No me opongo a ellos, pero, sin otras referencias, el público acaba creyendo que un bailarín se hace en tres meses. A la larga perjudica mucho: por un lado, se hace una labor formativa a través de un ballet como éste y, por otro, en la televisión pública se transmite un único programa de baile que contradice lo que se apoya aquí... Todo son balas de fogueo y la divulgación de la danza sigue siendo una asignatura pendiente».


Con todo, su balance es positivo. «Hay cosas por mejorar –dice–, pero siempre se puede empeorar, y más rápido. Las mejoras, en cambio, son más dificultosas y hay que celebrarlas.» Sin embargo, cuando acaben los festejos, José Antonio se marchará. «Así lo dispone el nuevo Código de Buenas Prácticas del Ministerio de Cultura –explica–. Y lo respeto. Si acepté mi nombramiento, acepto mi cese, aunque no comparta el criterio de convivir seis meses con mi sucesor: si es el idóneo, ¿por qué habría de necesitar que yo, cesado, le cuente algo o que una comisión le diga: ‘Si ha montado un coreógrafo, lo siguiente debe hacerlo una coreógrafa?’ La paridad… Quien pretenda esto desconoce este ambiente: no hay tantos creadores. El talento no es femenino ni masculino. O la excelencia o el género. Pero me marcharé contento: desde 2004 he dado a la compañía un rigor nuevo y, dicen, está en un momento excepcional. En El corazón de piedra verde se verá el talento de este cuerpo.»


Se refiere al de baile, obviamente, pero no resisto la tentación de preguntarle por el suyo, víctima de numerosas heridas `de guerra´: «Fractura en la quinta lumbar: me dejaron caer durante una función. Tajo en la nariz: en los 80, haciendo Minotauro, Elvira Andrés giró la cabeza mientras zapateábamos y me cortó con una horquilla de moño. Costilla rota, en 2003, en Bodas de sangre. Nuestro bailarín principal, Corbacho, pisó una uva, resbaló y me arrastró. En diciembre pasado, brecha en la cabeza en El café de Chinitas. Falló una pirueta y caí. Temí lo peor: caí, literalmente, de cabeza. Pero, vamos, son gajes del oficio. Si eres frágil, no te dediques a esto».

 

JUAN MILLÁS
El Ballet Nacional de España en pleno ensayo de su nuevo espectáculo, El corazón de piedra verde.

 

D.R.
Bailando. José Antonio con Gades, en Bodas de sangre, en 1988.
D.R.
El ayer y el hoy del director. El coreógrafo andaluz José Antonio fue primer bailarín del Ballet Nacional en 1978, en tiempos de Antonio Gades, y dos veces director. Se marchará en 2009, dejando la compañía, dice, en un gran estado de forma.
Juan Millás
En el corazón del ensayo. A la izda., Cristina Gómez, primera bailarina, con Primitivo Daza, artista invitado en el nuevo espectáculo. Sobre estas líneas, Miguel Ángel Corbacho, bailarín principal, prueba una figura ante sus compañeros.
Juan Millás
Marca de la casa. El suelo de la sala de ensayo del Ballet Nacional está cubierto de marcas que indican a los bailarines las posiciones que deben ocupar en las coreografías.
D.R.
Cuna de artistas. De izda. a dcha., Joaquín Cortés, en 1988; Antonio Canales, en 1984, y Aída Gómez, en 1994.

 

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