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Bailar con desenfreno

La televisión y las modas musicales disparan el número de aficionados a la danza en España. Las academias son testigos de que «cualquiera puede aprender» e, incluso, encontrar a su pareja ideal

Egilea
Laura Caorsi
Komunikabidea
El Correo
Tokia
Bilbao
Mota
Albistea
Data
2005/12/18

Es lo que Fred Astaire denominaba «la magia de la danza». Porque algo tiene la música y, en particular, moverse a su ritmo, que a todo el mundo cautiva. Considerada como una manifestación cultural pero, también, como una actividad «lúdica, terapéutica y revitalizante» -dicen los psicólogos-, es una forma de expresión que está presente en todos los países, en todas las clases sociales y, además, en todas las etapas de la vida: el baile es uno de los pocos gustos que comparten adolescentes, adultos y ancianos.



«Algunos tardarán menos que otros en aprender en función de sus aptitudes, pero si eres dócil y pones empeño, al final consigues bailar», apostilla la catalana Francis Sanahuja. Ella lo sabe bien. Profesora y bailarina profesional, ha visto auténticas transformaciones en la pista; de no saber dar un paso a llevar el compás. Y más en el último lustro, en el que la pasión por el tango o el fox se ha desatado.



En España es posible matricularse ahora mismo en más de una docena de estilos profesionales, desde flamenco hasta danza contemporánea, sin contar tendencias tan específicas como los bailes noruegos o remotos ritmos orientales. Sólo en música latina, la última gran moda, el número de centros reconocidos supera los 140 y, según las ventas de discos, sus seguidores se cuentan por miles.



¿La razón? La televisión. Como casi siempre. Desde que en 1977 se estrenara 'Fiebre del sábado noche', la cadena de filmes relacionados con el baile no se ha roto jamás. 'Grease', 'Flashdance' y 'Dirty dancing' son grandes eslabones ochenteros que precedieron a 'Baila conmigo', 'Dirty dancing 2' y '¿Bailamos?'; películas mucho más recientes que, sin embargo, mantienen viva la vieja fórmula: romance, música y danza.



La combinación de estos ingredientes también funciona de maravillas en la pantalla pequeña, y España no es la excepción a la regla. El pasado 5 de diciembre, la última emisión del programa 'Mira quién baila' mantuvo enganchados a TVE a más de cuatro millones de espectadores. Esa noche, el 10% de la población se dedicó a seguir con atención los pasos de un puñado de concursantes.



De la sala al salón



¿Casualidad? No. Interés. Y, por supuesto, ganas de aprender a hacerlo igual de bien. Al presenciar un espectáculo así, la audiencia suele dividirse en dos frentes: quienes se imaginan a sí mismos danzando y aquéllos que no pueden evitar seguir el ritmo desde el sofá. Pero también hay algunos que se atreven a dar un paso hacia las academias. «La gente se interesa mucho ahora -asegura la profesora Inés Uriarte-. Entre los alumnos hay de todo; gente mayor que sabe y quiere aprender un poco más, y personas jóvenes que perciben que el baile tiene su importancia».



Docente desde hace más de una década, Uriarte dirige una academia en Bilbao y es la primera profesional titulada en Vizcaya como profesora de bailes de salón. Desde su punto de vista, su actividad es una forma de diversión, un deporte y una experiencia humana. «Es una tarea difícil y laboriosa pero, a su vez, muy gratificante», resume.



Francis Sanahuja está de acuerdo con ella. Afincada en Barcelona, esta profesional con 25 años de carrera destaca el aspecto «lúdico» del baile, aunque no tarda en marcar las diferencias entre «la danza social» y la «competición deportiva». «Una cosa es bailar en una fiesta, una boda o un banquete, y otra muy distinta es hacerlo de manera competitiva, de cara a un jurado y con unas reglas precisas», matiza.



Lo dice con propiedad. Antes de la enseñanza, Sanahuja participó en numerosos certámenes, y ahora que ya no compite se ha pasado al otro lado de la pista para evaluar a las nuevas generaciones de bailarines. «Los fines de semana integro un jurado para este tipo de concursos». Junto a otros seis expertos, tiene la «ardua» tarea de puntuar a los participantes en «apenas un minuto y medio de exhibición».



Pero, antes de llegar a esos 90 segundos de gloria, el camino está lleno de pasos. Ensayos. Clases. Primera lección: «Cualquiera puede bailar». Si bien hay personas a quienes «la danza se les da mejor», todo es cuestión de «ser constante y practicar», advierte Uriarte. «Lo fundamental es mantener el interés y acercarse con humildad para aceptar las correcciones», completa Francis Sanahuja.



De aquí se desprende la segunda lección, muy tranquilizadora para los principiantes: «Vale equivocarse. Yo siempre digo que es obligatorio cometer errores y que mis alumnos me pagan para pisarme. Pueden estar tranquilos», comenta la catalana.



Sin embargo, no todos los alumnos se lo toman con tanta filosofía. «Muchas personas que vienen por primera vez creen que es fácil bailar. Pero cuando se enfrentan a la realidad, descubren que no es tan sencillo y, entonces, se mosquean», describe la monitora vasca. «Lo que ocurre es que las figuras parecen fáciles cuando están bien hechas, y ahí está la gracia de todo el asunto», añade Sanahuja.



¿Gracia? Para quienes están en los zapatos de un aprendiz, más que divertida, la situación resulta «algo frustrante». Aún así, el empeño es la clave para superar las dificultades iniciales. Y, aunque parezca algo curioso, quienes más se enganchan son los varones. «Al principio, los hombres vienen para complacer a sus mujeres, acceden a tomar clases como si se tratara de un regalo. Mientras nosotras estamos acostumbradas a posar frente al espejo, ellos se agobian con facilidad», relata Uriarte. «Pero pasado un tiempo, los hombres se 'pican' más».



A vueltas con el amor



Las relaciones entre los miembros de una pareja son otro gran tema de discusión dentro de las academias, pues todos los bailes de salón requieren de dos personas y la situación que se genera entre ambas es «muy íntima». «No es un acto individual sino de relación», precisa Inés Uriarte. Y dispara: «Aquí pasa de todo. Hemos casado y divorciado gente. Al ponerte delante de tu pareja estás desnudándote. Muestras lo mejor y lo peor de ti».



Para Francis Sanahuja, «en el baile se refleja cómo eres y cómo estás. Si la pareja no se escucha en la vida cotidiana, tampoco lo hará en la pista». Visto así, no es de extrañar que también en su escuela hayan sido testigos de bodas y divorcios. «Hay matrimonios que se apuntan a las clases para hacer algo juntos e intentar llevarse mejor, pero muchas veces la idea no funciona. También vienen personas solas que, al final, acaban encontrando aquí a su amor», agrega.



Aunque, por supuesto, el sentimiento es más proclive a nacer «durante las fiestas y galas», ya que en los ensayos el ambiente «no tiene nada de romántico». «Es difícil que alguien se enamore mientras yo digo 'un, dos, tres' sin parar. Las personas están concentradas en seguir el ritmo y las indicaciones, y son poco receptivas a mirarse con ojillos de merluza», confiesa Uriarte.





SOCIEDAD

El valor de una buena imagen

L. CAORSI/BILBAO



«Para la primera impresión no hay segundas oportunidades», sentencia Francis Sanahuja. Su carrera como bailarina, docente y juez de competiciones le hace reflexionar de este modo acerca del vestuario y de la puesta en escena cuando se salta a la pista. «Los trajes son muy importantes, así como la imagen que proyectas. Por esta razón, no sólo quieres bailar como el mejor; también intentas llevar el vestido más bonito». Uno que deslumbre, que sea cómodo y que acompañe a los movimientos.



El objetivo no es sencillo de lograr. «A veces los confeccionamos nosotros mismos y otras, acudimos a modistos profesionales. Existen tiendas especializadas que se toman el diseño y la costura con muchísima profesionalidad. Salvando las distancias, los preparativos del traje se asemejan mucho a los que protagoniza una novia», compara la instructora.



Al igual que las academias, el comercio relacionado con el baile también está en auge. Según el Instituto Nacional de Estadística, sólo en un año se han duplicado los establecimientos dedicados al diseño de prendas y venta de materiales. Y aquí caben desde lazos hasta botones, zapatos, apliques para el pelo y lentejuelas. Y, a su vez, otros recursos que «no se ven».



«Los fracs son especiales -revela Inés Uriarte-. Tienen la sisa más grande o el pantalón más alto que los convencionales». La justificación de este truco es bastante simple: «El bailarín necesita estar cómodo para poder moverse con soltura y, al mismo tiempo, lucir impecable», explica. Nuevamente, queda claro que la imagen es «fundamental».



«Una cuestión muy importante estriba en recordar que el baile de salón es un deporte con reglas estrictas y un espectáculo. El modo en que elaboras tu personaje, el vestuario que eliges y la personificación de la danza son aspectos a tener en cuenta de cara a una competición. Los jueces observan todo», sintetiza la profesora.

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