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Ainhoa Izagirre y Jaione Albeniz, las dos caras de la danza oriental

Komunikabidea
Gara
Mota
Erreportajea
Data
2004/05/16

Una coreografía para octubre



Ainhoa Izagirre es de Irun. Alumna de la ikastola Txingudi, comenzó de niña en un grupo de bailes vascos y pasó a estudiar danza contemporánea con María Martínez. Fue con ella como conoció por primera vez las danzas orientales. Durante una etapa, compaginó ambos géneros, pero, cuando hace ocho años decidió dedicarse a dar clases, optó por las danzas orientales, probablemente porque sentía que tenía una predisposición personal. Conoce, por lo tanto, a las mejores profesoras de danza oriental que han pasado por Madrid y Barcelona. «Se me daban muy bien», dice. Conoció a Suraya Hilal, una bailarina egipcia que fundó una escuela en Italia y que llegó a contar con un grupo propio de baile. En uno de esos cursos conoció a Marie Al Fajar, su actual profesora. «Marie ha sido el brazo derecho de Suraya. Este fin de semana estará con nosotros en Donostia. Conoce muy a fondo las danzas egipcias y las adapta a la danza contemporánea», dice. Entre ambas están preparando una coreografía que se estrenará en octubre en Toulouse y que Ainhoa espera traer a Euskal Herria.

Lleva desde niña cultivando la danza y, cuando se le pregunta sobre las diferencias que separan la danza egipcia, que ella enseña en su estudio de Irun o en Donostia, y la danza del vientre, Ainhoa Izagirre levanta los brazos en arco y ondea su torso mientras habla, de forma que los hombres que discutían a voz en grito en el bar en que nos encontramos enmudecen por un momento y miran.



«Los europeos que durante el siglo XIX viajaron a Oriente en busca de culturas, costumbres y paisajes exóticos debieron de quedar muy impresionados por las danzas más refinadas de Egipto, que son las danzas de la corte. A partir de entonces se ha desarrollado en los países occidenteales una concepción acrobática de las danzas orientales que se ha centrado en el desarrollo de los músculos abdominales y los movimientos del pecho y de las caderas. Se trata de la versión más comercial y erótica de las danzas orientales, que se ha materializado en la llamada danza del vientre. No quiero decir que toda la culpa de ese desarrollo la hayamos tenido los occidentales. Las mujeres del lugar vieron en el género una fuente de ingresos y muchas de ellas comenzaron a trabajar como profesionales. Las autoridades locales tomaron medidas contra las mujeres que se dedicaban a la danza del vientre, pero lo único que lograron fue una proliferación de clubs y locales que popularizaron ese género que muy pronto saltó al cine y a la televisión. También nosotros podríamos habernos plegado a esa moda. Económicamente sería mucho más rentable. Suraya Hilal, primero, y Marie Al Fajr, y con ellas algunas bailarinas, estamos trabajando en el camino opuesto. Volvieron a las raíces de las danzas egipcias y las pasaron por el tamiz de la danza contemporánea», explica Ainhoa Izagirre.





Lo que buscan las danzas orientales es la armonía del cuerpo. «Pretendemos el movimiento del cuerpo en su conjunto. Al contrario de lo que busca la danza del vientre, que es control de cada músculo, de forma que hay gente que la denomina como la danza de los músculos. La acrobacia del baile del vientre consiste en separar los movimientos de la cadera, los pechos, los brazos o el cuello. Aparte de estas consideraciones, creo que ese género ofrece una visión distorsionada de las danzas orientales y se han visto cargadas de un excesivo erotismo. Nosotros trabajamos con un prisma más oriental: la danza saca la energía interior de dentro hacia fuera, mientras que las danzas occidentales mueven la energía en la superficie. Para nosotros la danza nace de los pies y sube hasta expresarse en la parte superior del cuerpo. La danza no nace, por lo tanto, de la cintura, de las caderas. La fuerza viene de abajo y se expresa con el torso y las extremidades superiores. Se podría decir que es un ejercicio de toma de conciencia del cuerpo», prosigue Ainhoa.



Distinguen entre el shaabi (folk), baladi (más urbano) y el sharaqi (danza cortesana), y las tres modalidades se basan en dos patrones de movimiento: el péndulo y la forma de caminar. «Son patrones orgánicos que la danza trabaja de forma sistemática. Se refieren a los sistemas de equilibrio de peso que se establecen entre los pies y el cuerpo», dice entrelazando de nuevo las manos en el aire y contoneando el talle, como si la explicación que se le resiste fuera una evidencia física.



Da clases en Donostia, Bilbo, Ordizia y, naturalmente, en su local de Irun, Tzigana. Tiene alumnos que van desde los 15 años hasta los 70. «Yo no estoy en contra de la danza del vientre ­dice, como corrigiéndose­, yo misma la he practicado durante años, pero creo que la vía en la que estoy ahora es más fecunda y profunda», añade.



Durante el fin de semana próximo, los días 22 y 23, Marie Al Fajr impartirá un curso de danzas egipcias en Sadana, Avenida de Navarra, 19. Ainhoa Izagirre espera que se reúnan más de una veintena de personas, la mayoría de ellas mujeres, aunque el estilo de las danzas egipcias es, dice, perfectamente compatible con la virilidad.



Las diferencias entre ambos géneros de danza saltan a la vista. Ainhoa se cubre el cuerpo para bailar y se recoge el pelo con un pañuelo. Por el contrario, Jaione Albeniz, la profesora de danza del vientre que durante el próximo fin de semana acogerá en su caserío de Sebastopol de Donostia a Fadua Chuffi, una de las grandes figuras del género, baila con el pelo suelto, se cubre con una corta chaquetilla bordada y bombachos o faldas casi transparentes de seda. «Creo que las danzas orientales trabajan mucho el músculo. No se basan en los pasos, como se basan otros bailes. Se trabajan las distintas parte del cuerpo: los hombros, el cuello, los pechos y, sobre todo, la cintura, sin apenas mover los pies, puesto que los movimientos nacen de la cadera. Aunque parezca mentira, los primeros días las alumnas salen de aquí con agujetas en los sitios más inverosímiles del cuerpo. Es una tabla completísima. Muchos masajistas recomiendan este tipo de bailes», dice Jaione Albeniz.



Ella cree que la danza del vientre libera la energía que concentramos en el plexo y corrige el porte del cuerpo, tirando de los hombros hacia atrás, lo que ayuda a respirar más profundamente.



Con todo, no está de acuerdo con la supuesta excesiva carga erótica de este género de baile. «Creo que sus movimientos son sensuales. La carga erótica depende de la intencionalidad de quien la ejecute. De hecho, todos nosotros ejecutamos la danza para nuestro propio placer, sin nigún ánimo de exhibicionismo, lo que casa mal con la supuesta carga erótica que contiene. Son movimientos circulares y suaves», dice. Durante este fin semana trabajarán los movimientos con Fadua Chuffi, una brasileña con la que estudió Jaione.



Una danza diseñada para la mujer

Jaione Albeniz cree que la danza del vientre está diseñada para el cuerpo femenino, aunque tradicionalmente también la han ejecutado los hombres, entre ellos, algunos de los grandes maestros.

«Que practiquemos esta danza no quiere decir que no hagamos otra cosa. Trabajamos también con bailes foklóricos y danzas rituales que liberan todos los malos espíritus. Se trata de danzas de trance en las que se utiliza mucho el movimiento del cuello. Los movimientos son tan vehementes que te quedas re lajada», asegura Jaione.



Jaione es de las que creen que los movimientos de un baile ayudan para interpretar cualquier otro. De hecho, asegura que ella bailó una noche danzas orientales siguiendo la persución de los tambores de San Sebastián.



Fadua Chuffi, la profesora de danza que visita el próximo fin de semana la academia de Jaione, viaja constantemente entre EEUU, Líbano y los Emiratos Arabes. «Es la primera vez que viene a Euskal Herria. Practica todo tipo de bailes, pero es una de las mejores que yo conozco en la danza del vientre», dice.

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