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Adiós a un artista comprometido

Antonio Gades, cumbre del baile español, fallece de cáncer a los 67 años

Egilea
Mercedes Rodríguez
Komunikabidea
Diario Vasco
Tokia
Madrid
Mota
Erreportajea
Data
2004/07/21

El baile español se queda sin su gran genio. Antonio Gades falleció ayer en Madrid a los 67 años víctima de un cáncer que venía arrastrando hace varios años. El mar fue el refugio en los últimos tiempos de este completo artista que tuvo la visión de modernizar el género; un estilista que mezcló pasión e inteligencia y quitó al baile de todo oropel. El hambre, dijo, le llevó a la danza y durante toda su vida mostró una rigurosa coherencia en su compromiso social, que le mantuvo siempre con el corazón a la izquierda.



Fue consciente de que la muerte le pisaba los talones. «Mi verdadera pena de morir no es por dejar de bailar sino por no poder volver a navegar», dijo el bailarín y coreógrafo al final. Luchó contra la enfermedad con su empuje y su valentía habituales. En una fugaz mejoría, bromeó con los tubos que le enredaban el cuerpo e ironizaba con que se parecía a «'nuestro amigo' agonizante», en relación a Franco.



Y es que su activo compromiso político y su búsqueda temprana de la libertad, que conoció de niño junto a su padre, tenía en ese camino una contradicción que sabía que iban a criticar: su pasión y defensa de la revolución cubana. De hecho, el que fuera miembro del PCE, fue condecorado en junio en La Habana con la Orden José Martí, máxima distinción de Cuba para las figuras de la cultura, en presencia de Fidel Castro.



Antonio Esteve Ródenas -Elda (Alicante), noviembre de 1936- nació en el seno de una familia humilde cuyo padre, albañil, era un apasionado izquierdista que partió voluntario hacia Madrid en defensa de la República Española con el Batallón de Octubre. A la edad de once años dejó el colegio, aunque siempre le gustó mucho estudiar, porque azuzaba el hambre. Trabajó primero como recadero del célebre estudio fotográfico de Gyenes, y luego en los talleres del diario madrileño ABC. Bailó en locales para sacar dinero a los 15 años.En unos meses fue descubierto por Pilar López y se convirtió en su pupilo.



Su afán de aprender le llevó a estudiar danza clásica con Provayenska. Eran principios de los años 60, momento en que se produjo un encuentro fundamental para su vida que fue el descubrimiento de Federico García Lorca, a través de una edición clandestina de su Romancero Gitano.



Fruto de su empeño por elevar el flamenco estrenó en 1974 en Roma Bodas de sangre, una obra maestra basada en el drama lorquiano que le consagró al éxito internacional junto a su ya consolidada compañía.



Con Carlos Saura



En 1981, después de un encuentro con el director Carlos Saura, el montaje de Bodas de sangre, que había estrenado en teatro, se llevó al cine. Después llegaron los montajes de Carmen para el teatro o Amor brujo (1989) en el cine. Con el triunfo socialista quiso dar un paso al frente e involucrarse en la Administración brevemente, como director del Ballet Nacional de España que él fundó en 1978. Su última producción, Fuenteovejuna (1994), fue estrenada en la Ópera de Génova en 1994. No tuvo tiempo de poner en marcha sus últimos objetivos como artista: coreografiar El Quijote y montar un baile titulado La importancia de llamarse Federico.



Gades ha recibido numerosas distinciones, entre las que figuran los Premios Nacionales de Teatro y Danza y el Galardón Flamenco Calle de Alcalá en 2002.



Ya minado por la enfermedad, realizó su última hazaña en el mar. Cruzó el Atlántico el año pasado a bordo de su velero y se dirigió a La Habana, su último puerto. Ya estaba agotado por un cáncer de estómago, colon e hígado, y había sufrido cinco operaciones. Aprendió a navegar cuando tenía 35 años, junto a Pepa Flores, su segunda compañera. Por deseo del bailarín, su cuerpo será incinerado hoy en la intimidad y sin ninguna clase de ceremonia.



El bailarín que cautivó sin olvidar la ética

ALMUDENA GONZÁLEZ/

Excelente bailarín y coreógrafo, Antonio Gades cautivaba al público en el escenario, no sólo por ser uno de los grandes, sino también, por una personalidad cargada de firmes convicciones morales y políticas, forjada en torno a una lección que nunca olvidó: antes de la estética, está la ética. De manera incansable, repitió esa máxima que aprendió en los inicios de su carrera de su maestra, Pilar López, quien le descubrió -decía el bailarín que por casualidad- en la década de los 50, en un Madrid de posguerra y penalidades, cuando alternaba miles de oficios como recadero, botones y aprendiz en los talleres del diario ABC.



«Por mis venas no corría la sangre del arte. Por mis venas circulaba la anemia provocada por el hambre», señaló en varias ocasiones este hombre de gran magnetismo, que vivió sin arrepentirse de nada y que valoraba la humildad por encima de cualquier otra virtud.



«Hay que reivindicar a los maestros», comentaba en 2001, cuando a sus 65 años y ya sometido a una estrecha vigilancia médica, volvía a los escenarios con el Ballet Nacional de España -que él mismo fundó tras la muerte de Franco- para montar una de sus creaciones históricas, Fuenteovejuna. Inspirada en la obra de Lope de Vega, es éste un montaje en el que Gades habla de «la solidaridad contra el poder», una obra «comprometida», como lo fue él mismo, heredero declarado de Mayo del 68. Y es que el eterno bailarín trabajó parte de este espectáculo en Cuba, donde ha vivido temporadas y cuyo régimen ha defendido hasta el final, como comunista declarado que fue siempre (militó en el Partido Comunista de los Pueblos de España).



«Nunca me sentí un artista sino un simple miliciano vestido de verde olivo, con un fusil en la mano para dónde, cómo y cuándo, siempre estar a sus órdenes», comentó Gades el pasado 6 de junio, cuando recibió del presidente cubano, Fidel Castro, la condecoración con la orden José Martí, la más alta distinción que concede el gobierno de la isla, por «su amor, amistad y fidelidad inquebrantables».



Esta relación especial con la isla le llevó a realizar una larga travesía en su velero entre Altea -otra de sus residencias- y Cuba, una aventura marinera propia de un luchador, pues si por algo se reveló contra esa enfermedad que tanto tiempo le ha acechado fue por poder navegar en el Mediterráneo, el mar junto al que nació el 16 de noviembre de 1936, en Elda (Alicante).



El mismo confesó en 2002, tras dos años de convalecencia, que pidió a los médicos que le desconectaran de tubos y cables, y que fue entonces, entre hospital y hospital, cuando pasó revista a su vida, pensó en sus cinco hijos y en su nieto.



Gades tuvo diversas relaciones: desde su primer matrimonio con la tonadillera Marujita Díaz que duró 20 meses, a su unión con Pepa Flores Marisol, quien vive retirada en Málaga y con quien tuvo tres hijas fruto de trece años de vida en común. Desde hace unos meses, estaba casado con Eugenia Eiriz, la persona que ha estado junto al bailarín en los momentos más difíciles de la enfermedad.



Pocas veces Antonio Gades habló de su enfermedad, pues fue parco en palabras con la prensa. El sabía hablar con los pies, comentaba, aunque también con su expresión, que le llevó a encarnar raciales personajes en la pantalla grande, donde formó un inédito tándem con Carlos Saura.



Fueron sobre todo tres películas, una trilogía: Bodas de sangre, Carmen y El amor brujo, en las que el director aragonés -quien veía en Gades uno de los más perfectos representantes del flamenco- retomó la «tradición culta» de este arte.



De hecho, Carmen se ha convertido, con el paso de los años, en una de las películas más recordadas y apreciadas de Saura, especialmente fuera de España, pues en ella se cuenta la historia de Antonio, el director de una compañía de baile que encuentra a la protagonista ideal para un montaje de la Carmen de Bizet, y con la que inicia una relación enfermiza que reproduce el libreto de la trágica ópera.



Ovacionado por todo el mundo, Antonio Gades fue uno de los bailarines más premiados de España -entre las distinciones se encuentran Medalla de Círculo de Bellas Artes de Madrid, el Premio Vicente Escudero de danza y coreografía, el Premio Nacional de Danza o el Premio Carmen Amaya-, aunque tantos reconocimientos no le hicieron perder nunca el miedo a las tablas. Sobre ellas se paseó con su compañía representando coreografías imprescindibles del baile español como El amor brujo, Bodas de sangre, que le consagró internacionalmente, o Fuego.



Una vida sentimental agitada

Antonio Gades se casó en 1964 con la tonadillera y actriz Marujita Díaz, apadrinados por Luis Escobar y Lucía Bosé. La unión duró 20 meses. En 1970, después de su unión con la bailarina de TVE Sandra Lebrouch, inició su relación con Pilar San Clemente, miembro de su compañía que conocía desde 1957 y con quien tuvo dos hijos. Se separaron en 1971 y dos años después se unió a Pepa Flores Marisol, con quien tuvo tres hijas. En 1986, llega su ruptura con Pepa Flores, con la que había contraído matrimonio civil en Cuba el 5 de octubre de 1982. Mantuvo una relación con la suiza Daniela Frey, con quien también se casó en 1988 y de la que se separó en 1993. Gades estaba casado, desde hace unos meses, con Eugenia Eiriz, quien le ha acompañado durante la enfermedad.



'Fuenteovejuna' en Donostia



En noviembre de 2001, Antonio Gades estuvo por última vez en San Sebastián presentando en el Kursaal su montaje de la obra Fuenteovejuna de Lope de Vega. El coreógrafo y bailarín, que llevaba unos años retirado de los escenarios, participó en la presentación del programa, apoyando el trabajo de dirección artística realizado por Elvira Andrés, directora del Ballet Nacional. «Estaba convencido de que con el baile había que contar historias, no sólo ofrecer un espectáculo en abstracto», afirmó el coreógrafo a quien encantó la acogida a su trabajo en San Sebastián. «Pero soy más lento que el caballo del malo. Pensando dónde quitaba y dónde ponía pasaron veinte años y varias películas. Cuando termino un proyecto me quedo vacío. Necesito pensar y enriquecerme», añadió Gades.

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