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«Para un bailarín no vale el 'no puedo'»
Antonio Márquez, bailarín y coreógrafo
El 3 de enero el Palacio Euskalduna acogerá el estreno mundial del ballet homenaje a Antonio El Bailarín, con el que la Asociación Bilbao Ballet inaugurará sus actividades de 2008. La primicia es posible gracias a la amistad con ABBE de Antonio Márquez, otro gran bailarín, socio número dos de la agrupación. 'Antonio' repasa la vida del artista una década después de su muerte de forma «entrañable, emocionante, a veces espectacular», en palabras del sevillano Márquez, a quien enseñó en el Ballet Nacional de España en la década de los 80.
-¿Quién fue Antonio?
-Estoy convencido de que fue y es aún el bailarín más importante
que ha dado la danza española. Nadie se le ha podido ni arrimar. Fue el
primero, el innovador, el maestro de todos los que vinimos después. Era
bailarín, bailaor y bailador; podía con todo. Demostró que una jota se
puede bailar con botas, y un zapateao con alpargatas.
-¿Cómo era como bailarín?
-Era un autodidacta, aprendió solo. De muy chiquillo se marchó a
Estados Unidos, con quince añitos, y acabó poniendo boca abajo toda
Norteamérica. Era una persona sin grandes conocimientos, eran otros
tiempos; muy intuitivo, se hizo a sí mismo por necesidad. Fíjate qué
cosa que en Estados Unidos adquirió mucho de lo que hoy le debemos al
flamenco. Él lo aprendió en Broadway, viendo los musicales de Ginger
Rogers y Fred Astaire. Mezcló todo aquello con lo que ya llevaba de
aquí... Cuando volvió, la gente decía que aquí había buenos bailarines
pero que sólo él dando dos 'piruletas' los volvía locos a todos.
-¿Y cómo persona?
-Camaleónico, con una enorme personalidad. Además de su don natural
y de su trabajo, ese era su valor: la personalidad, dársela al baile.
Ahora todos quieren bailar como alguien y se olvidan de que se trata de
descubrir su propia personalidad. Y ahora que aquí tanto hablamos de
fusión, de jazz con flamenco y de no sé qué... Antonio ya lo hizo,
porque todo lo que tiene ritmo es bailable y él lo bailó. El origen de
la fusión parte del conocimiento de la propia cultura y el
descubrimiento posterior de otras, del mundo.
-Usted estuvo a sus órdenes en el Ballet Nacional, siendo un crío también. ¿Qué aprendió de Antonio?
-Tenía un carisma que cortaba. Cuando entraba en el estudio todo
era silencio, mirar, escuchar, esperar. Respeto. Nadie le interrumpía.
Y tenía 70 años y era pura vitalidad. No podías decirle que no podías
hacer lo que te pedía. Te tirabas de cabeza con él. Él me enseñó que
para un bailarín el 'no puedo' no vale. Hay que seguir hasta que
puedes. Ese debería ser uno de los diez mandamientos del bailarín.
-¿Y de Paco Romero, su primer maestro 'profesional' y compañero en este ballet de homenaje?
-De él, de Paco Torres, de Graneros... De todos, que el artista
vive para el público y que tiene que sacrificar muchas cosas en la
vida, porque sólo así el bailarín es feliz. Lo hacemos porque queremos.
Porque no vivimos de la danza, sino que la danza es una forma de vivir.
Esa es nuestra Biblia. Yo creo que muchos compañeros se olvidan de eso
y se alejan de la profesión.
-Usted no aparece en el papel 'couché', y sin embargo llena teatros allá por donde va.
-He sabido estar al margen. Por nada del mundo pondría en riesgo
esta familia maravillosa que tengo, que bastante cuesta ya estar tanto
tiempo lejos de ellos. Veo a mis compañeros y parece que la danza es la
segunda parte, después de los medios, de la fiesta. Yo a la danza le
debo respeto, como a quienes me han enseñado lo que sé. Ahora parece
que todos nacen aprendidos, y eso es como renegar de tus padres.
Además, mi religión es el trabajo y no quiero prostituir mi profesión,
me ha costado muy cara.
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