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«Físicamente los bailarines somos deportistas de élite»

Ygor Yebra Ygor Yebra habla pausadamente pero deja entrever una voluntad de hierro.

Egilea
M. J. Gandariasbeitia
Komunikabidea
Deia
Mota
Elkarrizketa
Data
2000/01/12

DEIA: Me dicen que para hablar con Ygor Yebra es mejor esperar a que termine sus ejercicios diarios. ¿Esa disciplina la mantiene siempre?

YGOR YEBRA: Yo soy de los que creen que hay que trabajar todos los días. Para mí lo que son unas vacaciones en toda regla no existen por el momento.

D.: ¿Y también mantiene la dieta?

Y. Y.: Sí (se ríe), lo intento. A veces es complicado, pero es mi vida. Estoy haciendo lo que me gusta, lo que amo, y tiene estos pequeños inconvenientes.

D.: ¿Tantas satisfacciones da el ballet como para compensar esos sacrificios?

Y. Y.: Para mí esto no es una profesión, es una forma de vida y un arte que reúne un poco el resto de las artes: lo escultórico, la poesía, la música... Siempre digo que me gusta vivir en búsqueda de la belleza y el baile me ha dado muchos momentos de belleza.

D.: ¿Esa belleza la percibe el propio bailarín o nota cuando el público la capta?

Y. Y.: Es raro que podamos llevar la belleza a los demás porque, como todo sentimiento, es una cuestión interior y algo que a mí puede hacerme feliz quizá a otra persona no le produzca absolutamente nada. Yo intento llegar a lo que creo que son esos momentos de belleza. Si luego el público ve también lo que yo veo y le gusta, pues encantado de la vida, pero realmente nunca llegas a saber si lo que estás haciendo es lo correcto, si a ellos les llena o no.

D.: Alguna vez habrá momentos mágicos de conexión con el público...

Y. Y.: Hay ese momento mágico que es el momento de silencio. Entonces sí lo notas. Es un silencio y una concentración absoluta en todo lo que tú estás haciendo y sabes que el público está abierto en un cien por cien a lo que le des. Lo que pasa es que un momento de esos quizá lo notas una o dos veces en tu vida artística, no se dan cuando tú quisieras o incluso puede ocurrir que nunca los encuentres.

«Que me planteen preguntas»

D.: ¿Le emociona ver a otros bailarines o los analiza profesionalmente?

Y. Y.: Así es desgraciadamente, porque cuando voy a ver un espectáculo de ballet voy a aprender y es muy difícil que disfrute. Luego, el que te hagan traspasar esa frontera de la emoción depende ya de los bailarines pero no es que haya hoy en día muchos que tengan esas capacidades. Yo quiero que cuando me siente ahí me planteen preguntas, hagan que mi cerebro, mi corazón y mi mente funcionen.

D.: Ahora va a bailar a Lituania ¿no?

Y. Y.: Sí, a hacer ‘‘Romeo y Julieta’’ , el 15 de enero. Tenía algunos espectáculos en Italia pero como lo artístico prima, los he cancelado para hacer esto.

D.: ¿Cómo organiza su trabajo? ?

Y. Y.: Se va donde a uno le llaman. Un artista como yo, un ‘‘free lance’’, depende de que que le llamen, no hay ninguna cosa fija. La primera opción que se mira siempre es la artística, y si eso se da, pues se va.

D.: Hablemos de gustos. ¿Tiene algún ballet favorito?

Y. Y.: Es una pregunta complicada, porque existe un antes y un después. Antes siempre era el último ballet, ahora son sobre todo los ballets en los se puede interpretar algo o contar una historia. Precisamente vengo de hacer uno muy importante ,‘‘Laudes Evangelis’’, en el que he interpretado el personaje de Jesucristo y no había pasos balletísticos, saltos ni piruetas. Era todo pura esencia, algo que siempre he buscado: salir a un escenario y sin ejecutar ningún paso, expresarme. En este ballet he tenido la oportunidad de probar esto.

D.: Y le ha gustado.

Y. Y.: Indudablemente. Más que gustarme. Sobre todo a través de un personaje como Jesucristo que, se sea o no creyente, es fundamental en la historia del hombre y nos ha marcado mucho a todos.

D.: ¿Un ballet del repertorio clásico?

Y. Y.: "Iván el terrible" es un ballet que me gustaría interpretar.

D.: ¿Hay personajes para un bailarín joven o otros para uno más maduro?

Y. Y.: Indudablemente. Además ahora se está corriendo gran riesgo porque el ballet tiene un tanto por ciento de arte el mayor y otro tanto por ciento de deporte y, se quiera o no, físicamente somos deportistas de élite. Entonces nos está pasando un poco como en el deporte, que se tiende a acelerar la carrera de los bailarines y te encuentras algunos con 16 o 17 años que están ya encima de un escenario interpretando roles, como me pasó a mí también.

D.: Y eso es malo.

Y. Y.: Pues ocurre que puedes estar preparado física o técnicamente para afrontar un rol pero artísticamente, en madurez como persona, no estás preparado.

D.: ¿Se puede hablar de la edad ideal para que un bailarín de lo mejor de sí mismo?

Y. Y.: Es que antes que bailarines somos personas, que es lo que me hubiera gustado que a mí me enseñaran. Hay gente que con 26 años tiene una gran madurez y gente que con 46 no ha madurado lo más mínimo. A título personal yo cada día siento que voy un pasito más hacia adelante y espero que siga así hasta el día en que me muera.

D.: Pero sí habrá una edad límite desde el punto de vista físico...

Y. Y.: Los límites más que en la edad están en la persona y en el repertorio que se escoja. En el repertorio clásico, si te cuidas bien y trabajas día a día, hasta los 40 años uno puede estar haciéndolo y bien, aunque requiere un grandísimo sacrificio y no son muchos los que han llegado a estas edades dignamente. Pero hay ejemplos y por lo tanto yo siempre tengo esa esperanza. Hay ballets como ‘‘Zorba el Griego’’ que en Bilbao vimos interpretar a Vassiliev con cerca de cincuenta años y lo hizo maravillosamente bien.

D.: Así que, como en todo, se trata de actuar con inteligencia.

Y. Y.: Sí, para mí lo fundamental está en la inteligencia, en la cabeza, y quizá esto en los bailarines falla un poco más porque se empieza a una edad muy temprana, con una gran disciplina en la que el alumno sigue lo que el maestro le va diciendo, de forma que el cerebro del alumno está totalmente inutilizado. Y si desde el principio es así, luego raramente puedes llegar a recuperarlo.

«Voy directamente a beber de la fuente»

D.: El hecho de trabajar como ‘‘free lance’’, sin estar integrado en una compañía, ¿tiene más pros que contras?

Y. Y.: Tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Por el lado positivo, que es el que mayormente pesa, evolucionas más como persona porque vas directamente a beber de la fuente. Después estás siempre viajando, conociendo diferentes culturas, gentes, formas de ver la danza y a mí esto me llena una barbaridad.

D.: En una compañía, en cambio, el marco es más reducido...

Y. Y.: Pues estás en una ciudad, de vez en cuando haces tus giras, te limitas a un repertorio que es el que la compañía te exige y de siete ballets que tienes cada temporada tres te encantan y los otros cuatro te dan lo mismo. A cambio tienes una seguridad y una estabilidad. Yo, por ejemplo, ahora estoy en Bilbao unos días sin una compañía con el nerviosismo lógico de que mañana no sé lo que voy a hacer y tengo que trabajar por mi cuenta. Cuando me levanto a las 7 de la mañana nadie me obliga por contrato a ir a trabajar, soy yo el que me tengo que obligar.

D.: Por el contrario, en una compañía puede burocratizarse un bailarín ¿no?

Y. Y.: Quieras que no la gente empieza a ser un funcionario más y a mi juicio el mundo de la creación está totalmente en contra de un funcionario que tiene equis horas al día. Yo trabajo un mínimo de cuatro horas diarias y a partir de ahí no tengo un límite, porque pueden llegar a doce.

D.: Así le quedará poco tiempo para disfrutar de algo más...

Y. Y.: ¡Me queda muchísimo tiempo! Tengo mucho más tiempo para mí como persona trabajando de esta manera. Y todo lo que me gusta está siempre relacionado con esta forma de vida que llevo. Soy un devorador de libros, me encanta la pintura, ir a un museo o el cine, cosas que siento que me enriquecen y al mismo tiempo no son de mucho ajetreo porque para ajetreo ya tengo bastante con el trabajo. Y luego digamos que soy una persona muy casera, de vida bastante contemplativa. Pero bueno, es que con 14 años ya estaba viajando.

D.: Dentro de nada estará en casa para recoger el premio de ‘‘bilbaino del año’’...

Y. Y.: Sí, lo recogeré el 26 de enero. Me hace muchísima ilusión en primer lugar porque es mi ciudad, y porque, aunque he sido muy bien aceptado por el público, a veces, con el tipo de reivindicaciones que hago, pueden pensar que siempre me estoy quejando. Por eso me gusta dejar claro que la gente me ha respetado, aunque no podría decirse tanto de las ayudas. Institucionalmente la única vez que he bailado en Bilbao fue el año pasado en una gala de la Diputación. Todo lo demás han sido cosas que yo me he trabajado. Pero por el lado del público he sentido un cariño increíble.

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