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«En tiempos de bonanza, en la escena se trabaja menos y se despilfarra más»

Igor Yebra | bailarín

Egilea
Mikel Chamizo
Komunikabidea
Gara
Tokia
Bilbo
Mota
Elkarrizketa
Data
2012/01/04
Lotura
Gara

No es la primera vez que la escuela de danza de Igor Yebra se muestra en público, pues ya pudimos observar sus primeros frutos en otro «Cascanueces» hace un par de años. Pero sí será la primera vez que Yebra baile junto a sus alumnos y otra gran estrella de la danza, Oxana Kucheruk. Es la forma que tiene el bilbaino de reconocer ante la ciudad el esfuerzo y dedicación de la primera generación de bailarines surgidos de la escuela. Serán en total cinco funciones los días 4, 5, 6, 7 y 8 de enero, en diferentes horarios y para las que ya están agotadas casi todas las localidades.

¿Cómo van los últimos preparativos del «Cascanueces»?

De momento van muy bien. Hay que remarcar que es un espectáculo donde participan muchos niños y gente joven. Llevamos cuatro meses preparándolo y estas últimas semanas se está haciendo el último esfuerzo. Que estos jóvenes tengan la conciencia de hacer ese sacrificio en plena Navidad, cuando todos los niños están de fiesta y comiendo un montón, es digno de halago por mi parte.

«El Cascanueces» es el gran clásico navideño del ballet. ¿Qué versión han escogido y cómo la han abordado?

Va sobre la estructura coreográfica clásica de Petipa e Ivanov, porque queríamos hacer un espectáculo que atraiga a un público joven y que sea familiar y navideño. Por eso la óptica clásica. Lo que sí pensé es que había que acortarla un poco, pues «Cascanueces» dura más de dos horas, así que nuestra versión es bastante más ligera para que los niños no se cansen. El primer acto lo hemos dejado en 15 minutos, lo justo para explicar cómo Drosselmeyer lleva los regalos a casa de Clara, entre los que está el cascanueces. Ya en el segundo acto, de algo más de una hora, llega la parte más bailable, que coincide con los momentos más emocionantes de la historia: la batalla entre Cascanueces y los ratones, cuando este se convierte en un príncipe y lleva a Clara al País Mágico, así como los personajes que se encuentran allí, con sus respectivas danzas. Seguro que el que venga por primera vez a un espectáculo de ballet no se sentirá cansado ni defraudado.

Dice que el espectáculo es para todos los públicos, pero «El Cascanueces», como «El lago de los cisnes», también tiene su lado oscuro.

Yo siempre he dicho que, un día, me gustaría interpretar «El cascanueces» desde la perspectiva de Tim Burton. Pero para eso haría falta mucho tiempo y mucho dinero. Aquí nos hemos ceñido a algo que esté muy bien hecho con los costes económicos más sencillos. Pero es verdad que la música de Tchaikovsky para «El Cascanueces» es de lo más logrado que hizo, justo al final de su tormentosa vida. El famoso «Vals de las flores», por ejemplo, no es una pieza inocente, tiene un punto trágico muy importante. Pero habría que meterse mucho más en lo que fue la vida de Tchaivkosky y en sus últimos años para reflejar todo eso, y aquí hemos querido hacer un «Cascanueces» más festivo.

Comparte protagonismo con Oxana Kucheruk, con quien ya ha bailado «Cascanueces» en anteriores ocasiones. ¿Cómo viven ambos este ballet?

Oxana y yo llevamos bailando juntos los últimos 6 años, no sólo en la Ópera de Burdeos, donde somos los bailarines estrella de la casa, también en Rusia e Italia. Justo antes de Bilbao hemos estado haciendo, precisamente, un «Cascanueces» en Burdeos, pues allí se hace cada dos años con un total de 24 funciones cada vez. Por eso la compenetración con ella no supone ningún problema, nos conocemos perfectamente. Además, como «El Cascanueces» es un ballet festivo y alegre, nos lo pasamos bien, a pesar de que en el último paso a dos hemos elegido la versión francesa, que es espectacular pero de gran dificultad técnica. En cualquier caso, este ballet siempre se vive de una forma más relajada que cuando haces algo muy trágico, como «Romeo y Julieta».

En estas funciones bilbainas se le verá rodeado de más 70 alumnos de su escuela de danza. ¿Es importante integrarlos en este tipo de actividades profesionales?

Siempre he dicho que para hacer una valoración de los resultados de la escuela había que esperar cinco años, que es cuando una generación empieza a estar formada. Hemos llegado a esos cinco años y la escuela está funcionando muy bien, con varios alumnos que van a seguir sus pasos como bailarines fuera, algo que nos llena de orgullo y satisfacción. Por eso he creído que era el momento propicio para dar este paso y subirme con ellos al escenario. No todos nuestros alumnos van a ser profesionales, pero subirse sobre un escenario es importante, porque les gusta y aman lo que hacen. Y significa aún más cuando es un escenario emblemático para todos nosotros como el Arriaga.

¿Han sido duros estos primeros años de puesta en marcha de la escuela? ¿Se ha topado con muchos problemas?

Problemas hay siempre, más aún porque se trata de un proyecto ambicioso por la manera en que se planteó y cómo se ha hecho. Pero no puedo quejarme demasiado, porque somos una escuela de ballet que se ha dedicado, hasta hoy, exclusivamente al ballet. Por número de alumnos no hemos tenido tiempo, como hacen otras escuelas, para impartir clases de gimnasia u otros tipos de danza. Tenemos muchos alumnos estudiando solo ballet, y en ese aspecto hemos recorrido un camino importante muy rápidamente. La crisis también nos ha afectado, claro, pero hemos podido sortearla recortando un poco de las cosas que, entre comillas, son menos necesarias. Las actividades extraescolares sería de lo primero que habría que recortar, pero de momento las estamos manteniendo bastante bien. En definitiva, yo estoy muy contento y el mensaje que puedo transmitir es positivo.

Este «Cascanueces» es una producción que ha abordado con su propia productora. En medio de la crisis, y con lo mal que siempre se dice que está el mundo de la danza en el Estado, ¿todavía le queda valor para sacar adelante iniciativas como esta?

Las iniciativas se pueden sacar adelante siempre, es más, es en tiempos difíciles cuando se puede progresar de la mejor manera, porque le damos más al cerebro. Las cosas como son: en tiempos de bonanza en las artes escénicas se tiende a trabajar menos y a despilfarrar más. En este aspecto, lo que estamos haciendo junto con el Arriaga creo que es digno de mérito y hay que animar a la gente a hacer este tipo de cosas. Obviamente, si te llamas Igor Yebra se te abren muchas puertas y todo es un poco más fácil, pero la gente tiene que saber que incluso en plena crisis se puede seguir adelante con la creatividad.

Con todos los recortes que están cayendo en el terreno de la cultura, ¿cómo de negro ve el futuro de la danza en el Estado español?

No voy a negar que la crisis ha afectado al mundo de la danza, claro, como a todos los sectores de la sociedad. Pero también es verdad que tampoco nos ha trastocado tanto como a los demás, porque los que nos dedicamos a la danza no hemos recibido casi nunca nada, así que no lo notamos tanto. Tiramos para adelante casi exclusivamente con ganas e ilusión, y eso la crisis no nos lo puede quitar.

Antes ha comentado que llega de un «Cascanueces» en Burdeos donde se han programado 24 funciones. En Bilbo son cinco. ¿Cree que se llenarán?

No es que lo crea, es que prácticamente ya lo están, y las localidades que sobran son prácticamente las de peor visibilidad. También hemos reaccionado a las exigencias de las fechas. El día 5, por ejemplo, la función comenzará a las 4 para que los niños puedan asistir luego a la cabalgata de los Reyes. Pero podemos decir que la taquilla ha funcionado muy bien, lo que también nos anima a volver a intentarlo en el futuro y, quién sabe, quizá llegue a instaurarse una tradición.

 

 
 
Creando una escuela en Euskal Herria

En la historia de Igor Yebra se repite el mismo hecho que en la de todos los bailarines vascos que hoy están bailando en las compañías de danza de todo el mundo: la imposibilidad de realizar sus estudios de danza en la propia Euskal Herria. Yebra, concretamente, tuvo que irse a Madrid, a la escuela de Víctor Ullate, cuando aún era muy joven. Por eso, en la página web de su escuela Yebra expone el objetivo que le llevó a fundarla: «La escuela empezó a crearse al mismo tiempo que yo me iniciaba en la danza. Siempre tuve claro que un día volvería a mi casa, para dar a los niños esa primera oportunidad de que pudieran hacer realidad su sueño de ser bailarines lo más cerca posible de su familia y sus raíces».

La escuela ha tenido una gran acogida en Bilbo, pero de momento sigue sin poder ofrecer una formación completa. «Tendríamos que ampliar la escuela para poder formar a los alumnos en los últimos tres años de sus estudios -explica Yebra-. Ahora no podemos, y no es porque los profesores no tengamos capacidad para ello, sino porque no tenemos la posibilidad material por el espacio y por los horarios que se nos imponen a las escuelas. Es una pena, desafortunadamente no podemos empezar y terminar el producto». Ese es el siguiente paso que espera poder dar Yebra para proclamar una cantera de bailarines vascos desde el principio hasta el final de su formación. «Hoy en día nos podemos sentir orgullosos de todos los bailarines vascos que hay bailando por el mundo, pero siendo conscientes de que sólo son vascos de nacimiento, porque todos se han formado en el extranjero», concluye Yebra. M. C.

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