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«En España lo que falta es una tradición, una cultura clásica»

Iker Murillo, Bailarín de la Ópera de Zúrich

Komunikabidea
Diario Vasco, Camila Sabater, Biarritz
Mota
Elkarrizketa
Data
2002/09/23

- ¿Quién le incitó a calzar las zapatillas y a entrar en una clase de ballet?



- Fue una elección mía por los bailes vascos primero y más tarde por el ballet clásico. Pero la verdad es que mi madre estaba deseando que entrara. Creo que es un sueño que ha tenido ella y como no había podido realizarlo, lo hice yo. Lo curioso es que los Murillo tienen una cultura futbolista mientras que por parte de mi madre, los Badiola, corre la sangre del baile.



- ¿De los maestros que tuvo, alguno desempeñó un papel clave en su carrera?



- Bueno, en Donosti, Mentxu Medel me apoyó mucho y me dio el golpecillo para salir. Pero también debo decir que mi familia ha desempeñado un papel muy importante en mi carrera. Ha estado siempre a mi lado, en los momentos felices y en las horas más difíciles, ayudándome financieramente y moralmente. Es una gran suerte y una fuerza también.



- Su ascensión como bailarín ha sido muy rápida.



- Un bailarín necesita cambiar, subir de nivel, probar cosas pero la verdad es que nunca había pensado obtener un contrato con el Ballet de Zúrich. Me siento muy orgulloso de haber llegado a donde he llegado y de haber conseguido llegar al nivel al que pretendía.



- Heinz Spoerli, el director del Ballet de Zúrich, cuenta entre los más destacados coreógrafos del mundo. ¿Es exigente?



- Es exigente como lo son todos los directores pero se trabaja muy a gusto con él. Es muy amable, agradable y a pesar de la disciplina, del nivel que exige, te ofrece la posibilidad de expresarte, de participar en el trabajo.



- ¿Está a gusto en Zúrich?



- Sí, mucho. Es una ciudad preciosa, un público muy arropado, con una gran cultura de ballet y un profundo interés por él.



- ¿El Ballet de Zúrich es una finalidad o sólo una etapa en su trayectoria de bailarín?



- Soy un poco joven para hablar de final, todavía me quedan al menos diez años o hasta que los huesos aguanten y me diga el cuerpo que ya se acabó. Yo vivo al día de hoy, gozando de lo que tengo y prefiero no pensar en el futuro. ¡Pueden pasar tantas cosas!



- La compañía actuó esta semana en el Gran Teatro del Bolchoï, en Moscú. ¿Qué impresión ha tenido?



- Es algo increíble, una sensación muy fuerte actuar en un teatro tan bonito, en un escenario inmenso y delante de un público tan numeroso. Cuando los telones se abren, es un momento que realmente impacta y que no puedes olvidar. Pero, por otro lado, también hay una gran dejadez. Es la paradoja rusa.



- Precisamente, el festival de Biarritz rindió este año homenaje a los ballets rusos. ¿Le hubiera gustado bailar en aquella época de Diaghilev?



- No. Creo que desde aquel entonces la danza ha evolucionado mucho y principalmente en Europa. Con el tiempo, Rusia se ha quedado un poco atrás y aunque hoy en día siguen teniendo buenos bailarines, no te hace soñar tanto como antes. Por supuesto, los bailarines, los coreógrafos rusos han creado obras maravillosas y han constituido un repertorio que nunca desaparecerá. El ballet clásico constituye la base de la danza pero yo prefiero ver cosas que tengan más movimiento. El ballet neoclásico o contemporáneo te ayuda a moverte, a soltarte y el cuerpo te lo agradece.



- Se suele decir que en España, los bailarines reciben una formación clásica muy buena pero que, para progresar, tienen que exiliarse. ¿Está de acuerdo con eso?



- Sí, evidentemente, y es una pena porque el nivel de los bailarines españoles es muy alto. Hay muchos españoles bailando en las mejores compañías del mundo y en Zúrich somos cinco. Yo creo que al final se podrá conseguir crear una compañía clásica, en Barcelona por ejemplo. Lo que falta aquí es una tradición, una cultura clásica. En Zúrich, cada actuación está llena y, aunque me gustaría mucho bailar en Donostia, creo que me quedaría con las ganas porque no hay público suficiente.



- ¿Es un exilio forzoso o voluntario?



- Cuando tu sueño es bailar y tu vida es realizar tus sueños, vas a donde te arrastre el destino. Yo me he ido voluntariamente.



- ¿Soñaría con regresar a España e integrar una compañía española?



- Me da un poco de miedo regresar. Desde los quince años, he estado viviendo fuera y, aunque las raíces están enganchadas y echo de menos a mi familia, a mi región, estoy a gusto en el extranjero. Además, para trabajar aquí, con Nacho Duato, por ejemplo, que me gusta muchísimo, tendría que cambiar de dirección, escoger otro camino. Tendría que pensármelo bien, es tan diferente de lo que estoy haciendo...



- ¿La vida de un bailarín es una vida de sacrificios?



- Se sufre mucho. Ensayas unas ocho horas al día, viajas, actúas, es duro. Sin embargo, antes de una actuación, puedes estar cansado, de mal humor pero cuando sales al escenario, te olvidas de lo que tienes, lo das todo y si tienes la suerte que el público esté satisfecho, entonces es pura alegría, te llena. He vivido muchas cosas. De las malas he aprendido y con las buenas me he quedado.

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