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«El ballet clásico no está en crisis; a veces se apaga, pero siempre resurge»

Yuri Grigorovich

Egilea
Maite Redondo
Komunikabidea
Deia
Tokia
Bilbao
Mota
Erreportajea
Data
2003/12/18

Acostumbrado a aforos como el Convent Garden de Londrés, la Ópera de París o el teatro Bolshoi de Moscú, llegaba a Euskalduna acompañado de su mujer, la que fue también primera bailarina del Bolshoi, Natalia Bessmetnova. Ambos se conocieron mientras Grigorovich dirigía esta institución artística rusa. «Me ha gustado mucho el auditorio de Euskalduna, es muy acogedor, además a nivel técnico es magnífico. Pero ‘‘La Bayadère’’ y ‘‘Cascanueces’’ requieren mucho ensayo. Son dos piezas muy complicadas en cuando a la escenificación. La primera está considerada como una de las obras maestras del ballet clásico de todos los tiempos y ‘‘Cascanueces’’ es un cuento de Navidad».



A este destacado y eminente coreógrafo le gusta controlar hasta el más mínimo detalle. Quizás este perfeccionismo le ha valido una gran fama a nivel mundial . Y es que quien conoce a Yuri Grigorovich sabe que vive por y para el ballet.



No podía ser de otra manera. «Desde que nací estuve rodeado de gente relacionada con el arte, con el ballet y el circo. Mi carrera como bailarín comenzó cuando sólo tenía 8 años. Luego fui aceptado en el Kirov. Pero, tuve la suerte de que, paralelamente a mi trayectoria de bailarín, pude también desarrollar la de coreógrafo. Más tarde fui invitado por el Bolshoi y ahí trascurrieron mis 30 años de carrera».



Desde 1964 hasta 1995, Grigorovich fue el coreógrafo principal del Teatro Bolshoi. Estos fueron los años de los mayores logros artísticos de la compañía, en los que se ganó un gran reconocimiento internacional.



Sus producciones de ‘‘La Bella Durmiente’’, ‘‘El Cascanueces’’, ‘‘Espartaco’’ e ‘‘Iván el Terrible’’, entre otras, dieron nuevos brillos a la vieja tradición rusa de las danzas clásicas. Bajo la dirección de Grigorovich, la Compañía de Ballet Bolshoi hizo cerca de 90 giras por el extranjero. Así se estableció el liderazgo de la escuela de ballet clásico ruso en todo el mundo, lo que otorgó fama mundial a los brillantes solistas de la compañía.



«En 1995 abandoné el Bolshoi porque no estaba de acuerdo con la política que se llevaba. No me marché solo, también lo hicieron el director de orquesta y un gran número de personas del equipo directivo. Desde 1996 soy el director artístico del ballet de Krasnodar. Estoy muy contento, me tratan muy bien. Ahora tengo un teatro y muchos compromisos. He abierto una escuela de ballet donde se está preparando la gente joven, los grandes bailarines del futuro. Soy un artista libre».



Este coreógrafo ha creado escuela, incluso ya se habla del estilo ‘‘Grigorovich’’. «¿Cómo lo definiría? Cuido mucho la técnica, ya que mis estudios transcurrieron en San Petersburgo. Se puede decir que sigo apostando por la tradición del clásico ballet ruso».



Cuando se le pregunta si el ballet clásico está en crisis, Grigorovich lo niega rotundamente. «Tengo mucha experiencia en ello y he comprobado que ocurre como en muchas actividades artísticas. Tiene sus mejores épocas, sus peores, a veces se va a apagando, luego resurge. Siempre ha sido así».



A este destacado coreógrafo no le gusta hablar de proyectos futuros. «Por supuesto que tengo mis proyectos, mis ilusiones, pero no me gusta adelantar nada, sobre todo cuando hablamos de ballet». Pero, sin duda, Grigorovich seguirá realizando sus giras por los más importantes teatros de Europa, Nueva York, Japón, Australia… Y seguirá con sus colaboraciones con el Bolshoi, que le llevarán en enero a París con ‘‘Ivan el terrible’’ y ‘‘El lago de los Cisnes’’.



Pero, de momento, sólo sueña con que estos famosos ballets que ha traído a Euskalduna consigan deleitar al público vasco. «Espero que les guste», dice. Con Yuri Grigorovich el éxito está asegurado.

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