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« La vida o bien te coge ella de la mano o bien tú eres quien la coge a ella»

Sandi Gorostidi, el bailarín que navegó hasta las antillas

Egilea
Begoña de Teso
Komunikabidea
Diario Vasco
Mota
Elkarrizketa
Data
2006/02/16

Hace frío en Donostia cuando nos cruzamos con Sandi, que pronto volará a su tierra de adopción, las Antillas, la isla Saint Martin. Hace frío y Sandi lo nota porque en tierra criolla, la Naturaleza es voluptuosa y cálida pero lo mismo que te lo da todo, todo te lo quita cuando se enfurece.



- Esto es lo que sé de usted: de Lo Viejo, bailó en la compañía del grandísimo Béjart, navegó por los siete mares y ahora vive en las Antillas.



- Empecé de botones en la Caja de Ahorros Municipal. Quería trabajar para ahorrar y comprar un barquito. Al tiempo, descubrí que tendría que trabajar demasiado tiempo y que no me compensaba. Lo dejé. Aún sigo viendo a compañeros míos que empezaron conmigo en la Muni y continúan siendo empleados de la Kutxa.



- Confiese: les mira con un puntito de desdén. Ellos, empleados de Caja de Ahorros. Usted, bailarín, navegante, guía de turistas que quieren descubrir los corales criollos.



- No. Te lo juro. No los miro con altivez. A veces, incluso, cuando vuelvo y me los encuentro siento cierta envidia, nostalgia de lo que yo no hice. La cuestión primera y primordial es ser feliz. Y se puede ser feliz con una vida pequeña. A mí siempre me han fascinado aquellos que no han salido de su calle, de su barrio, de su ciudad, y han hecho de eso, el Universo todo. Al fin y al cabo, es la vida quien te coge de la mano.



- ¿Está seguro de ello?



- No, francamente no. A veces no es ella la que te coge de la mano sino tú quien lo hace y tira. Puede que acaso la vida no te transforme del todo pero de lo que estoy seguro es de que debes vivirla, desde donde sea y como sea, apasionadamente, intensamente.



- La vida y usted se han debido divertir empujándose mutuamente. De pronto, a usted le dio por hacer teatro. Dónde, ¿en Orain?



- Estuve en y con Orain, por supuesto, pero empezar, empecé en la Biblioteca Municipal.



- ¿Cuando el edificio de la Plaza Constitución era biblioteca?



- Justo. Luego, empujón tras empujón, trabajé con Luis Iturri.



- ¿El gran fauno del teatro de este país que luego dirigiría el Arriaga?



- Exacto. Más tarde, como en realidad yo nunca había estudiado teatro, me fui a Barcelona a hacerlo. Lo trabajábamos todo: expresión, danza, historia, artes marciales. Un buen día, el profesor de baile decidió pagarme un viaje a la escuela de la compañía de Maurice Béjart en Suiza. Sólo para que viera el ambiente.



- Y la vida volvió a empujarle escaleras arriba, ¿a que sí?



- ¿Y de qué manera! De pronto, me vi haciendo unas pruebas. Me seleccionaron para la escuela. Como ya era mayor (unos 19 años) para el baile, se empecinaron conmigo, me prepararon a tope y empecé a actuar. Al principio, lo recuerdo, era increíble. Me faltaba técnica y me daba cada morrazo de miedo. Pero Béjart decía que no importaba, que siguiese.



- Hubo un momento en que empezó a coger a los personajes de la mano, seguro.



- Eso, jamás. Los personajes acaban apoderándose de tí. En principio, es verdad que tú los creas o, mejor dicho, los produces pero terminas por abandonarte a ellos, por vivir sus vidas. Nunca tendrás el derecho a decir que los posees. Tú eres su marioneta, ellos se expresan a través de tí.



- Recorrió todo el mundo.



- Recorrí todas las ciudades del mundo, es distinto.



- Entiendo, faltaba el mar.



- Exacto. Yo seguía mirando al horizonte y pensando: «Después, después la mar».



- Acabó comprándose un barco.



- Un buen barco. De 12 metros, un barco muy marino y marinero.



- ¿Qué quiere decir eso de 'un barco muy marino'?



- Un barco que pasa sobre la mar y la acaricia. Y que deja que la mar pase por él y le acaricie. Porque al final, es la mar la que te deja pasar y decide si te acaricia o no.



- A veces, mientras navegaba, veía pasar los barcos de cruceros, los 'cruceros charter', llenos de lucecitas, de pasajeros que navegaban con ofertas increíbles.



- ¿Y qué quieres que te diga? A veces he sentido envidia, celos. Recuerdo un día de calma chicha. Nada de viento. El motor, el pequeño motor que en realidad no sirve para nada, estropeado. Era en el mar de Portugal. Vi pasar uno de esos barcos y sentí unas ganas tremendas de estar en él, de dejarme llevar, de haberme vestido para la cena en la mesa del capitán, de estar bailando mientras la orquesta tocaba...



- Pero otras veces ha preferido estar en su barco marinero.



- Claro. Y descubrir el comportamiento del ser humano en un cascarón que flota en el océano. Un día yo notaba grandes tensiones, grandes pero bobas, entre los turistas que habían alquilado mi barco. Decidí que algo había que hacer, así que simulé una avería y les puse a todos a trabajar, a trabajar duro en el control del barco. Ante la inmensidad del mar y la inmensidad del trabajo, olvidaron sus disputas. A la noche, rendidos, durmieron como niños



- Un día llegó a las Antillas.



- Y allí me quedé. Por amor. Y por otras historias. Es tan distintaa la vida allá. Todo es muy primario. Las pasiones. Los placeres. Más intensa la voluptosidad. También el odio. Transparentes las aguas sobre los corales. Exhuberante la Naturaleza. Una Naturaleza que igual que te lo da todo, te lo quita al día siguiente, enrabietada. Te lo quita con sus vientos y sus grandes olas.



- Y cuando regresa de las costas criollas...



- Pues por ejemplo, me aterra lo difícil que es aquí conseguir un techo bajo el que dormir. Veo a la gente que duerme en la noche, siento el frío del Primer Mundo, y entonces me asusto. Pero necesito estos cielos grises y pasear bajo la lluvia por el Paseo Nuevo.

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