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Un tamborilero Irlandés en las fiestas de San Juan

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Carlos Rilova Jericó, 2002/06/21.

La fiesta es el lugar en el que se expresa tanto el poder establecido como la transgresión de las barreras dispuestas por el mismo. El personaje imprescindible para celebrarlas, el músico, también oscila entre el mundo del servicio a es poder y la destrucción de las normas que éste impone. Así, por ejemplo, sucede con los tamborileros, constantemente necesitados pero también despreciados e incluso temidos y hasta considerados parte de los grupos tabuados de aquella sociedad.

Según nos dice el profesor de txistu Carlos Sánchez Equiza en su trabajo "del danbolín al sibo", la consideración moral y social del tamborilero está en constante declive desde el siglo XVI. La razón para la baja estima radica en su opinión en un resorte propio de la mentalidad de sociedades cristianas; los posaderos o los músicos incitan a pecados como la lujuria al facilitar los medios para que ésta se desate a través de la bebida o la música.

Así se opina de los músicos en toda la Europa de la Edad Moderna. Su actitud durante los momentos de convulsión social no contribuirá a mejorar el escaso aprecio que desde el orden establecido se les tiene.

Tras la última insurrección jacobita, en la Escocia de 1745, los documentos de acusación contra los insurgentes conservados en el Public Record Office recuerdan muy detenidamente que estos rebeldes se juntaron -fuertemente armados- en diversas ciudades y burgos de Escocia y se les acusa no solo de haber resistido y atacado al poder
constituido sino de haber escandalizado esos lugares con sus banderas desplegadas y batiendo tambores y haciendo sonar gaitas. Pocos años después los registros acerca de la machinada del año de 1766 pintarán un cuadro similar donde la única diferencia perceptible en la imaginería de una y otra conmoción -aparte de la vestimenta claro está- es la ausencia de gaitas, pero coincidiendo plenamente en la búsqueda del músico popular para que bata su instrumento y anuncie así la rebelión a los cuatro vientos.

A mediados del siglo XIX, en 1864, tal y como se quejaba Miguel Ostolaza en un artículo titulado precisamente "El tamborilero", este individuo sospechoso pero imprescindible continuaba despreciado. Nada había cambiado, pues, desde el siglo XVI a partir del cual, como nos recuerda el profesor Sánchez Equiza, se le considera indigno de la estimación y privilegios del resto de los vascos. No es raro por lo tanto que muchos agotes y gitanos ejerzan esta profesión denostada por todos. La presencia del tamborilero irlandés en las fiestas de San Juan de 1658 y 1659 de la que nos habla cierto documento del Archivo Municipal (1) pudo ser producto de esta misma situación. ¿Quién era un irlandés en el País Vasco de mediados del siglo XVII?. Es una pregunta un tanto difícil de responder pues son varias las respuestas. Podría tratarse de un clérigo, igualmente podría ser un soldado al servicio del rey en alguno de los tercios, como el "Irlanda", que acogían a hombres de aquella procedencia para mejor servicio de los numerosos intereses bélico-imperiales de la corona española. Esas, junto con la de mendigo, según nos dice el académico Antonio Dominguez Ortiz, eran las principales ocupaciones de los irlandeses emigrados a territorio de su majestad católica. Entre unas y otras existían desde luego otras profesiones intermedias, como la de comerciante. Caso, por ejemplo, de Valentín Morgan, afincado en Bilbao (2), que podía conytar tristes historias sobre el modo en el que había sido obligado a abandonar Irlanda después de que el ejército del Parlamento británico hubiese aniquilado toda resistencia en la tierra de los Tuatha de Dannan entre los años 1649 y 1653.

Todos ellos tenían un común denominador, sin embargo: se trataba de refugiados que huian de una situación insostenible en su tierra natal y estaban por tanto más a merced de los embates de la Fortuna que el resto de las mortales. Quienes lograban sentar plaza en la iglesia, en el ejército o en el comercio podían considerarse favoritos de ella.

Otros, igualmente desarraigados y expulsados por el poder británico, no tenían otra salida salvo la de convertirse en mendigos o, como en el caso del hombre que fue contratado por la villa para solemnizar la función de las fiestas de San Juan del año 1658, dedicarse a un trabajo que el resto de sus nuevos vecinos no veía con buenos ojos. No es mucha la información que ha sobrevivido acerca de su persona. Ni siquiera su nombre. El documeto sólo nos dice que "vino de San Sebastián". Así pues, únicamente podemos especular acerca de cómo vivió él aquella fiesta capital para la comunidad tolosarra. Cabe así considerar que, tal vez, le disgustaba tener que entregarse a aquel bajo menester rechazado por sus nuevos compatriotas y que sólo lo aceptó porque, incapaz de situarse en otro oficio más alto, como el del comercio de Bilbao o de lo tercios irlandeses, no quería verse obligado, como muchos otros de aquella procedencia, a mendigar.

También podemos conjeturar por otra parte que, quizás, el oficio no le era desconocido y se dedicaba a él con gusto, limitándose a continuar lo que ya había hecho en Irlanda. De hecho el cabildo de la villa debió de quedar conform con su trabajo, pues solicitó su presencia en los sanjuanes del año siguiente. Es una posibilidad nada desdeñable cuando conocemos con alguna exactitud la situación de la que, casi con toda seguridad, llegó huyendo el desconocido tamborilero irlandés. En efecto, la Irlanda de 1641 a 1654 no era precisamente en destino apetecible. En el primero de ambos años dio comienzo lo que se ha dado en llamar la Gran Rebelión: la "gentry" y la nobleza irlandesa, junto con los "old english", se alzó contra los nuevos colonos ingleses y escoceses arrastrando tras de sí a los órdenes inferiores. Muchos británicos fueron brutalmente asesinados por estos rebeldes en el fragor de los primeros días. La venganza que siguió a aquellas muertes, cuando en el año1649 un ejército de fanáticos puritanos desembarcó en Irlanda para devolverla al control del Parlamento inglés, alcanzó similares cotas, tal y como lo demuestra la toma de algunas plazas fuertes como la de Drogheda o Wexford. Lo que vino tras la rendición total de todas la sfuerzas aliadas contra el Parlamento -tanto de irlandeses, como de realistas británicos- fue quizás menos sangriento pero no menos insidioso: todos los que habían establecido alianzas con los partidarios del rey ejecutado, serían despojados de sus tierras y expulsados al inhóspito distrito de Connaught. Junto a esto la muerte civil para casi todos los irlandeses y una persistente persecución anticatólica fueron las principales consecuencias de la toma de la isla por Cromwell. En la Historia de Gran Bretaña iniciada por David Hume se señala que se pagaban cinco libras por cabeza de lobo o sacerdote.

Así pues, puede que le puesto de tamborilero no fuera excesivamente deseable, sin embargon parecía constituir un destino mucho más grato que soportar los ultrajes aplicados por el nuevo orden británico una vez que logró apoderarse de la isla nuevamente. Vista las cosas desde esta perspectiva es dificil dudar de que, pese a todas las comunicaciones negativas asociadas a ese trabajo, es muy probable que el irlandés que lo ejerció en los años de 1658 y 1659 para que se celebrasen las fiestas de San Juan considerase que aquel no era, precisamente, el momento más bajo, ni el más triste, de toda su existencia comparado con lo que quedaba a sus espaldas.

(1) Archivo Municipal de Tolosa, Sección A, Negociado 1, Libro 7
(2) Archivo Municipal de Bilbao, Sección Antigua 0384/001/003, folios 193-194

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