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Txistu y danza: un mundo hecho dos

Alexander Iribar

He dudado mucho antes de escribir estas líneas, porque sospecho que no voy a ser capaz de explicarme sin herir susceptibilidades y resultar inconveniente o desagradable. Sin embargo, correré -una vez más- el riesgo de molestar a alguno que otro, porque creo que lo que quiero decir es importante. ¿Y qué es eso tan importante que quiero decir? Pues, sencillamente, esto: en términos generales, los txistularis no tenemos ni idea de tocar para que la gente baile, y, por tanto, lo solemos hacer francamente mal. Por supuesto, las cosas no son tan sencillas, y esta afirmación debe matizarse y explicarse detalladamente: eso es precisamente lo que intentaré hacer de aquí en adelante. En primer lugar, cabe distinguir entre el txistulari que toca en una romería y el que lo hace en una actuación de un grupo de danzas. Yo me voy a centrar en éste último.

Hoy en día, y desde hace ya bastantes -demasiados- años,1 la mayoría de los txistularis de los grupos de danzas ofrecen unas actuaciones penosas. Puede parecer una exageración, pero estoy seguro de que no lo es. Por ejemplo, yo sólo recuerdo un caso que lo hiciera bien de todos los grupos que he visto en los últimos dos o tres años; y no he visto pocos.

 

1. Análisis del problema

Creo que pueden distinguirse tres aspectos principales en el problema señalado, es decir, tres razones que explican por qué la actuación de los txistularis de los grupos de danzas es muchas veces tan lamentable.

1.1. Desconocimiento de la danza

La razón principal, a mi juicio, es el increíble desconocimiento de los txistularis sobre las danzas.2 No se trata de llegar al ideal del txistulari como maestro de danza, al estilo de Maurizio Elizalde o Alejandro Aldekoa; ni tan siquiera de pedir que los txistularis sepan bailar las danzas que tocan, que, desde luego, sí sería deseable.3 Tampoco puede pretenderse que el txistulari sea un experto folklorista. Pero lo que es inadmisible es el desconocimiento prácticamente absoluto, que es lo que se observa una y otra vez.

Esta rotunda afirmación es difícil de probar sobre el papel, puesto que la comprobación ha de hacerse in situ. De todas maneras, ofrezco algunos apuntes de cosas que se observan con frecuencia, y que son de juzgado de guardia:

  • Txistularis que tocan sin mirar ni una sola vez a los dantzaris, es decir, igual que si lo hicieran en el salón de su casa.
  • Algo no sé si peor que lo anterior: txistularis que, mirando a los dantzaris, no se enteran de que éstos están bailando a otra velocidad, o de que se han equivocado y van en partes distintas. Y no me invento los ejemplos: ¡los he visto con mis propias gafas!
  • Txistularis que desconocen el ritmo de zortziko y lo tocan como lo haría un metrónomo, o como lo cantarían Los Bocheros, o vaya usted a saber cómo. Así ocurre que los dantzaris se las tienen que arreglar para bailar unas eskasak con el ritmo del La del pañuelo rojo, por seguir poniendo ejemplos que yo mismo he presenciado. Y todo eso vale también para el ritmo de ezpata-dantza.4
  • Txistularis que están tocando una cosa con el txistu y marcando otra con el tamboril.

La lista podría alargarse sin excesivo esfuerzo con errores en las partes, en las repeticiones, en las velocidades, en los ritmos... Todo esto es sencillamente inadmisible en un txistulari.

1.2. Capacidad técnica

Se trata, en principio, de una cuestión muy simple: tocar bien o tocar mal. En la práctica, sin embargo, la cosa no está tan clara. ¿Qué es tocar bien? Contestar a esta pregunta nos llevaría demasiado lejos, y no es, además, el objetivo de estas líneas. Lo que importa para lo que estamos tratando es la constatación de que la calidad técnica media de los txistularis de los grupos de danzas es baja. En realidad, resulta bastante esperable si tenemos en cuenta que:

  • La calidad media de los cientos y cientos que tocan el txistu por el país no es precisamente alta. Entonces, ¿por qué iba a ser mejor la calidad media de los que tocan en los grupos de danzas?5
  • La calidad técnica de los txistularis ha mejorado indiscutiblemente gracias a la enseñanza reglada del conservatorio. Sin embargo, la mayoría de los txistularis de los grupos de danzas no proceden -todavía- de los conservatorios o las escuelas de música. Debe esperarse que, a medida que aumente el número de txistularis con estudios reglados, el nivel medio vaya subiendo.6
  • A la inmensa mayoría de los grupos de danzas, la calidad técnica de sus txistularis les trae completamente al fresco. Así que, si no hay una demanda, es difícil que exista una oferta.

Estas razones no ayudan a probar mi afirmación sobre la calidad, sencillamente porque es imposible de probar en un papel; sirven, en cambio, para adelantar alguna de las posibles razones que explican el porqué de dicha situación, como veremos más adelante.

Por otra parte, hoy en día casi todos los txistularis, independientemente de sus capacidades técnicas, suelen tocar con unos instrumentos de poquísimo volumen, por lo que, el espectador -de no haber megafonía por medio, y a veces aunque la haya- tiene que afilarse la oreja para enterarse de lo que pasa. Para colmo de males, muchos txistularis parecen seguir aquella máxima no escrita de cuanto peor toques el tamboril, dale más fuerte; si unimos una flauta que apenas suena con un tamboril que parece Manolo el del bombo, obtenemos un resultado verdaderamente lamentable.

Los dos factores expuestos hasta el momento, conocimiento y calidad (mejor dicho, desconocimiento y mala calidad), permiten clasificar a los txistularis de los grupos de danzas de la siguiente manera:

  1. Los que tocan bien, pero no tienen ni idea de lo que están tocando.
  2. Los que muestran un manejo que podría ser suficiente de la situación, pero tocan rematadamente mal.
  3. Los que tocan mal y además no se enteran de lo que están tocando.
  4. Por supuesto, los que tocan bien y saben lo que están tocando.

¿Qué porcentaje de txistularis hay en cada uno de estos cuatro grupos? 7 No lo sé, ni me interesa, pero sí sé una cosa: que la mayoría debería pertenecer al último, y que es precisamente ése el que menos porcentaje de la población posee.8

1.3. La actitud

Además de lo anterior, hay un tercer factor que explica la deficiente actuación de los txistularis de los grupos de danzas. Es un factor múltiple, que engloba una serie de características cuyo nexo común es la actitud. Vamos, pues, a repasar algunas actitudes incorrectas, que contribuyen decisivamente a la lamentable imagen ofrecida por muchos txistularis de los grupos de danzas.

En primer lugar, el txistulari debe ocupar un lugar en la danza, y por consiguiente en la plaza (o el escenario).9 Sin embargo, muchas veces parece que el txistulari renuncia a ser un elemento más de la danza, y aspira únicamente a que no se le vea, a ser la voz en off, una especie de play back para los dantzaris, un mero cassette. Si a esta especie de temor escénico unimos la escasez de sonido de la que hablábamos antes, el resultado es un txistulari que transmite claramente el mensaje de estar pasándoselo mal (¿miedo, vergüenza?), de no querer estar haciendo lo que está haciendo.

Otro aspecto relacionado con la actitud es un detalle que puede llegar a tener más importancia de la que parece a primera vista: me estoy refiriendo al dichoso atril. Hoy en día es casi imposible encontrar unos txistularis que no toquen agazapados detrás de un atril con partituras.10 ¿Por qué los txistularis somos los únicos músicos desmemoriados del planeta? ¿Cómo es posible que si conoces la danza necesites una chuleta? ¿Acaso la necesitan los dantzaris? Para colmo, se dan paradojas chuscas, como que necesiten atriles txistularis que prácticamente no saben leer una partitura y que, en realidad, tocan de memoria. 11

Podrían citarse más ejemplos de actitudes incorrectas: los txistularis pegados a la botella, los que necesitan de un constante apuntador (qué danza viene ahora, qué parte hay que tocar ahora, cómo es la melodía siguiente), los que charlan por el micrófono, los vestidos raros,12 los que parecen tratar a los dantzaris manu militari, los pasotas, los derrengados que parecen haber llegado corriendo desde su casa, o sobrellevar algún proceso depresivo grave, etc.

Resumiendo, el desconocimiento de las danzas, una calidad técnica deficiente y una actitud inadecuada producen el lamentable resultado señalado. Muchas veces me he preguntado: ¿qué pasaría si llegara a nuestra tierra un marciano y asistiera a alguna actuación de un grupo de danzas? ¿Qué opinión le merecería el txistu? Yo creo que, salvo que tuviera la suerte de toparse con alguna de las excepciones existentes, lo más probable sería que se llevara una impresión bastante penosa de nuestro instrumento.

Además, todo lo anterior queda muchas veces aún más en evidencia debido al contraste que se establece con otros músicos y otros instrumentos. El caso es que no hay grupo de danzas que se precie que no tenga txistularis propios, pero la mayoría carece, por ejemplo, de gaiteros. ¿Qué sucede entonces? Cuando llega una actuación, casi todos los grupos se ven en la necesidad de contratar a una pareja de gaiteros, que suelen ser profesionales (o semi-profesionales) que lo hacen, en general, bien.13 ¿El resultado de todo esto? Pues que lo que la gente puede acabar percibiendo es que el txistu será todo lo vasco que se quiera, pero no tiene nada que hacer comparado, por seguir el ejemplo, con la gaita.

 

2. Algunas explicaciones

En el apartado anterior he tratado de analizar los problemas más graves en las actuaciones de los txistularis de los grupos de danzas, que han resultado ser tres: desconocimiento de las danzas, mala calidad técnica e inadecuada actitud. En este apartado expondré algunas razones que, a mi juicio, explican cómo se ha producido esta situación, y por qué no tiene visos de mejorar.

2.1. Un desencuentro histórico

Es verdaderamente curioso que los dantzaris y los txistularis lo ignoren casi todo los unos de los otros. Lo ideal sería que todo el mundo supiera bailar y algunos, además, supieran tocar. Sin embargo, la realidad general es que los que saben bailar no saben tocar y los que saben tocar no saben bailar.14 Txistu y danza forman un mismo mundo, pero desde hace muchos años se han separado en dos planetas con trayectorias divergentes.15 Existe pues un desencuentro histórico entre unos y otros; su relación es, en cierto sentido, semejante a la que se da entre futbolistas y árbitros: éstos son necesarios para aquéllos jueguen, pero no forman verdaderamente parte del juego, sino que son algo necesario para que el juego se desarrolle... hasta que se invente un sistema mejor.

Los txistularis, en general, hemos hecho siempre bien poco por acercarnos a los dantzaris (y a la danza en sí), porque hemos solido tener un cierto complejo de superioridad, por aquello de sentirnos indispensables (si yo no toco, tú no bailas, pero yo sí puedo tocar aunque tú no bailes). Por su parte, los dantzaris han solido recelar de los txistularis, en quienes ven un continua fuente de conflictos (no quieren ir a todos los ensayos, no les gusta repetir cien veces seguidas una misma parte, etc.).

En general, los grupos de danzas no suelen incluir la música entre los aspectos susceptibles de mejora. ¡Cuántos grupos hay de un nivel más que aceptable, con unos músicos impresentables! Lo mismo podría decirse de Euskal Dantzarien Biltzarra, asociación entre cuyos afanes no ha solido estar el de la música. Claro que, si nos miramos a nosotros mismos, tampoco la Asociación de Txistularis ha hecho precisamente demasiado en este aspecto, ni muchísimo menos.

Resultado final: empate. Txistularis y dantzaris somos culpables de vivir en mundos aislados, y no querer saber los unos de los otros.

2.2. La sobreabundancia de txistularis

Cuando decimos eso de que de la cantidad nace la calidad, estamos pensando que hacen falta muchos chavales jugando al fútbol para que salga uno como Maradona, o que es necesario que haya muchos niños aporreando un piano para que surja un Achúcarro. Nos olvidamos, sin embargo, de que nunca iríamos al estadio a ver jugar a mil chavales, sino al crack de turno; de que no acudiríamos al teatro a oír a cien niños practicando escalas, sino a escuchar al pianista consagrado.

En el txistu, efectivamente, también hace falta que haya mil chavales aprendiendo el Elizondo para que aparezca un gran ejecutante. Pero, a diferencia de los ejemplos anteriores, sucede que para cuando escuchamos una vez a ese gran txistulari, hemos oído cuarenta veces a los novecientos noventa y nueve restantes.

Por supuesto, no pretendo ni mucho menos sugerir que no salga a tocar a la calle quien no se sienta un Ansorena. Simplemente estoy constatando un hecho: la sobreabundancia de txistularis tiene -sobre todo ha tenido, creo yo- efectos positivos, pero también produce efectos negativos. En el caso que nos ocupa, la amplia demanda de música de txistu de los grupos de danzas, como no es en absoluto exigente en cuanto a calidad, está cubierta por un gran número de txistularis, que, efectivamente, poseen un nivel medio de calidad ajustado a la demanda, esto es: bajo.

Creo que la cosa se entiende mejor si se compara el txistu con otros instrumentos.16 ¿Cuántos gaiteros hay por cada txistulari? ¿cuántos albokaris? ¿Cuánto tiempo hace falta para que una gaita no suene peor que las trompetas de Jericó? ¿Cuánto tiempo necesita un albokari para tocar cuatro notas seguidas? En cambio, cualquiera puede tocar el txistu, porque como es tan fácil... Como es muy fácil tocar el txistu, y como txistularis hay muchos en todas partes, todos los grupos -o casi- disponen de sus propios txistularis. Es decir, hay trepecientos txistularis tocando en los grupos de danzas, y la mayoría de ellos no poseen precisamente una gran solvencia, como es lógico y normal. En definitiva: la abundancia de txistularis resulta en este caso contraproducente para el instrumento. ¿O será que estamos acostumbrados a llamar txistulari a cualquier cosa?

2.3. La enseñanza reglada y la danza

La enseñanza reglada del txistu en el conservatorio ha sido un hito indiscutible en nuestra historia particular, una verdadera revolución para nuestro instrumento, de consecuencias evidentemente positivas. Sin embargo, a día de hoy, es preciso reconocer que un alumno puede terminar brillantemente sus estudios de txistu sin haber tocado jamás para que alguien baile. Así, no es infrecuente que el alumno, después de haber adquirido una destreza técnica alta, se encuentre con que no sabe desempeñar algunas funciones que otros mucho menos hábiles que él desarrollan con soltura, como, por ejemplo, tocar a un grupo de danzas. Entonces, pueden suceder varias cosas: que nuestro alumno ni tan siquiera se dé cuenta de su carencia, que incluso desprecie eso que no puede hacer... o que se encuentre con que, después de tantos años de estudio, todavía tiene que aprender -pero esta vez sin profesor- unas cuantas lecciones básicas.17

Estamos, desde luego, ante una carencia del sistema educativo difícil de solucionar, pero que no por eso deja de ser un problema, y grave. Por otra parte, conviene aclarar que dicha carencia no explica por qué se ha producido el problema del txistu con la danza, sino por qué no mejora.

 

3. Las soluciones

He planteado la existencia de una problema, he analizado sus características y he sugerido algunas de sus causas. Ahora llega el momento de proponer soluciones, y, como suele ocurrir en estos casos, debo comenzar confesando que no dispongo de ellas. Sencillamente, no sé cómo solucionar el problema. A falta de varitas mágicas, sólo puedo comentar algunas ideas sobre posibles modos de conseguir elevar el nivel medio de los txistularis que tocan para los grupos de danzas.

3.1. La toma de conciencia

En primer lugar, lo primordial es ser consciente del problema. Todos sabemos que detectar un problema y delimitarlo adecuadamente es el paso indispensable para su solución; desgraciadamente, también sabemos todos que, muchas veces, darse cuenta de su existencia es lo más difícil de todo. Por tanto, ésta es la pregunta del millón: ¿somos conscientes los txistularis de lo que sucede con respecto a la danza? Me temo que no. Entonces, ¿cómo vamos a mejorar?

De todas maneras, éste es un problema de dos caras. ¿Acaso han detectado los dantzaris la existencia del problema? Lamentablemente, creo que tampoco. En definitiva, nada conseguiremos mientras no seamos conscientes de que txistularis y dantzaris formamos un único equipo y no dos. Y a todos nos debe preocupar este problema, y entre todos debemos resolverlo.

¿Cómo se consigue que cada vez más txistularis y dantzaris sean conscientes de que nos falta casi todo por mejorar en la relación música-danza? Supongo que sólo a través de la educación, de la formación. Y para eso, sería bueno que los que más saben de estas cosas 18 adoptaran un papel más activo. Concretamente, las dos asociaciones que lideran el sector, esto es, Euskal Dantzarien Biltzarra y Euskal Herriko Txistulari Elkartea deberían considerar la posibilidad de establecer algún plan conjunto de actuación. Y llegamos así al siguiente apartado.

3.2. La formación

Si convenimos en que tanto dantzaris como txistularis sabemos poco sobre la relación d anza-música, y tenemos por tanto mucho que aprender, resulta necesario plantear una estrategia conjunta de formación para músicos y dantzaris. Francamente, no soy capaz de diseñar esa estrategia, por lo que sólo ofrezco algunos apuntes:

  • Sería muy interesante que se abriera un debate serio sobre la exactitud de mi análisis, en el que formaran parte los primeros espadas de la especialidad. Así se conseguirían al menos dos cosas: un análisis seguramente más preciso que el mío, y una llamada de atención general para dantzaris y txistularis.
  • No estaría de más la publicación de material divulgativo sobre estas cuestiones, que, entre otras utilidades, sirviera de apoyo para aprender a tocar danzas.
  • A propósito del material: ¿cómo es posible que todavía no contemos con ediciones fiables -a poder ser anotadas- de las músicas de todos nuestros bailes? ¿Para qué hemos tenido entonces casi doscientos números de Txistulari?
  • Euskal Dantzarien Biltzarra y Euskal Herriko Txistulari Elkartea podían firmar una especie de convenio para organizar cursos de formación: los dantzaris para los músicos19 y éstos para aquéllos.
  • La formación sobre estas cuestiones debe llegar a la enseñanza reglada del txistu en el conservatorio. ¿Cómo? La verdad es que nadie ha conseguido dar con la respuesta. 20 El objetivo, sin embargo, parece claro: que el alumno termine sus estudios dominando también la práctica de tocar a un grupo de dantzaris. 21 Pero es evidente que esa materia no puede ser una asignatura en un plan de estudios. ¿Qué hacemos entonces? ¿Que sea una especie de práctica obligatoria? ¿Y en qué grupos de danzas? ¿Y quién las supervisa? ¿Y por qué va a tener la carrera de txistu más exigencias que las demás? El problema, como se ve, es de difícil solución. Y sin embargo, la necesidad sigue apareciendo nítidamente. ¿Quién se atreve a hincarle el diente?

 

A modo de conclusión

Espero haber cumplido el objetivo que me había marcado sin ofender a nadie. He tratado, en definitiva, de llamar la atención sobre un problema que a mí me parece muy grave y que tengo la sensación de que pasa desapercibido para la mayoría. Estamos tan acostumbrados a presenciar tantas veces las mismas cosas, las mismas actuaciones de los mismos grupos, que con frecuencia miramos sin ver. Me gustaría que estas líneas resultaran algo así como unas nuevas gafas con las que enfocar la práctica musical de los grupos de danzas. Porque creo que, con unas gafas bien graduadas, lo que veríamos nos dejaría muchas veces atónitos y descorazonados. Y porque sólo entonces seremos capaces de mejorar.

 

Notas

1 ¿Tal vez desde siempre? No lo sé: igual es que antes yo no me daba cuenta.
2 No voy a volver a repetir que hablo siempre en términos generales, y que hay, por supuesto, excelentes txistularis tocando en grupos de danzas. No faltaba más. Pero el problema es que son minoría.
3 Yo, por ejemplo, suspendo ese examen estrepitosamente.
4 Desde luego, también conozco el caso contrario: dantzaris a los que les da igual lo que oyen, y que bailarían lo mismo con música de txistu que de Camilo Sesto. Esto me trae a la memoria el grupo de danzas que funcionó durante muchos años en el Colegio de Sordomudos de Bizkaia, y para los que yo mismo toqué en alguna ocasión (el txistulari habitual durante muchos años fue Boni, si no recuerdo mal). Por cierto que la interesantísima tarea desarrollada durante muchos años por el Colegio de Sordomudos en torno a la cultura popular vasca merecería -creo- un estudio detallado.
5 Es importante tener claro que no es lo mismo saber tocar el txistu que ser txistulari. (Yo, por ejemplo, sé tocar la gaita pero no soy gaitero, sé tocar el piano pero no soy pianista, etc.) Para bien o para mal -en realidad para mal- las cuentas debemos hacerlas con todos los que de hecho tocan alguna vez en la calle, pueda o no considerárseles verdaderos txistularis: y la mayor parte de las veces resulta que no...
6 Sin embargo, no estoy seguro de que, por el momento, esto esté resultando así.
7 Por cierto: ¿en qué grupo estaré yo?
8 Por supuesto, esta clasificación presenta tipos, modelos de txistularis: casi nadie corresponde perfectamente a uno y sólo a uno de estos grupos.
9 Dicho lugar puede variar según las danzas.
10 Partituras no pocas veces plagadas de faltas de ortografía (musical, me refiero) y decididamente incorrectas en lo correspondiente a la danza. En las mismas partituras, por tanto, pueden observarse los dos factores señalados: carencias técnicas y desconocimiento de la danza.
11 Es muy curioso el proceso de copia de algunos, y sólo algunos, de los usos de la música vamos a llamar culta: el sonido escaso, las partituras, el atril... Justo lo que no es importante. El que tocaba mal antes, con el trabuco del bisabuelo, seguirá haciéndolo mal ahora, con el super-instrumento de último modelo, su atril y sus flamantes partituras... hechas por supuesto con ordenador.
12 Yo distinguiría, por la vestimenta, tres tipos principales de txistularis tocando a un grupo de danzas: los que parecen escapados de alguna manifestación de kale borroka, los que parecen venidos directamente del alderdi eguna y los que salen disfrazados de época (o así), vistiendo unas ropas que seguramente nunca ningún txistulari habrá vestido jamás. Personalmente, no me gusta ninguno de los tres tipos: ¿tan difícil es ir de normal?
13 No es mi cometido tratar otros instrumentos, pero entiendo que nada de lo dicho para el txistu es ajeno a ningún otro. Simplemente, se da el caso de que unos pocos instrumentistas de ciertas garantías satisfacen un elevado porcentaje de la demanda de los grupos en lo tocante a instrumentos como la gaita, la alboka, etc.
14 ¿Existió alguna vez la otra realidad ideal? De ser así, ¿hace cuántos años -o décadas, o siglos- que desapareció?
15 No me resisto a recordar desde estas líneas a un excelente txistulari, Mariano Luño, del que aprendí la mayor parte de lo que sé sobre estas cosas, aunque yo tardara muchos más años en aprenderlo que él en enseñármelo. Mariano es un buen ejemplo del txistulari consciente de todo lo que trato ahora de decir. Otro ejemplo más reciente es Sabin Bikandi.
16 Como decía en un apartado anterior, la demanda de los grupos de danzas con respecto a otros instrumentos está mayormente cubierta por unos pocos músicos (pocos en comparación con los txistularis, al menos), mucho más especializados, y consiguientemente mejor preparados.
17 En cierto modo, la situación es similar a la del estudiante avanzado de euskaltegi que, después de pasarse mil cursos haciendo malabarismos con las estructuras lingüísticas, descubre que es prácticamente incapaz de tomar parte en una conversación normal en un bar de una pequeña localidad, por ejemplo.
18 Desde luego, mucho más que yo, lo que, por otra parte, tampoco es difícil.
19 Escribo músicos y no txistularis porque estas actividades serían beneficiosas para todos los instrumentistas que tocan a los grupos de danzas.
20 Ni yo tampoco, por supuesto.
21 De todas maneras, estoy seguro de que no todos los profesores de txistu comparten este objetivo. Y seguramente tendrán sus razones. Volvemos otra vez a la necesidad de un debate sobre estas cuestiones.


Publicado en Txistulari (2000), nº. 184, págs. 189-201

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