Ensayar un baile durante meses, aprender a colocar la voz para una jota, dominar el txistu, ajustar y vestir un traje tradicional o asumir un cargo en la organización de los actos requiere horas, sudor y un compromiso férreo. Y se hace sin esperar absolutamente nada a cambio. Son chavales jóvenes, e incluso niños y niñas, los que están aprendiendo a conservar esta tradición y a mantenerla viva.

Mientras gran parte de la ciudad exprime la fiesta hasta el amanecer, hay una juventud sanísima que siente que la responsabilidad no le cuesta porque le llena. Porque sus padres y abuelos también cantaron, también bailaron, también rezaron. Enseñar a un joven a sacrificar su ocio inmediato por un bien cultural mayor es una enseñanza que no se olvida jamás. Mucho más que una devoción religiosa. Un pueblo sigue siendo un pueblo mientras encuentre jóvenes dispuestos a recoger el testigo